El silencio que antecede al vuelo

Beckman

Poeta recién llegado
Aún guardo en la memoria a aquel compañero de infortunio que, desde el fondo de nuestra celda, repetía sin descanso: «No puedo pensar en nada que no sea ella».

Aunque apenas nos conocíamos, una noche reuní el valor para acercarme hasta él. Seguramente desconcertado por mi presencia, dejó de murmurar y, al levantar el rostro, con la mirada hundida en la mía, retomó su monólogo. Para mi gran sorpresa, las palabras que escapaban de sus labios resecos eran distintas; su lenguaje metafórico, impregnado de filosofía, me sobrecogía. Contra todo pronóstico, aquel ser encogido sobre un jergón insalubre me ofrecía una verdadera lección de vida: «Las luces fallaban; la ventana de la izquierda estaba abierta y, detrás de ella, las cortinas oscilaban como las vibraciones de las cuerdas de un arpa. Entonces se percibían, extendiéndose por toda la comarca, los clamores de una juventud aún y siempre indómita».

Se había detenido de golpe. Con los párpados entrecerrados, parecía revivir con intensidad instantes de una existencia para siempre perdida. Aquella suspensión fue brevísima y retomó la palabra con un tono cargado de nostalgia: «Fue al ver unas fotografías amarillentas y al leer antiguas cartas cuyo sentido ya no comprendía que mis ilusiones juveniles se desvanecieron para siempre… Hoy, a mi pesar, estoy aquí, y estoy cansado».

De pronto, sin aviso alguno, se levantó y se dirigió al ventanuco. Con sus manos frágiles aferró dos barrotes y, tirando con todas sus fuerzas desde sus brazos descarnados, se alzó para observar el pequeño jardín salpicado de flores primaverales. Entonces retomó su discurso: «Mañana, una vez más, mis alas se abrirán. Mañana cantaré mucho antes de que lo haga el gallo, mucho antes de que repique la campana de esta prisión».

Aquel grito del alma resonó como una convicción, como una promesa hecha a sí mismo. Exhausto, soltó los barrotes y se arrastró hasta su camastro, donde se dejó caer.

Tendido sobre su lecho de miseria, los ojos cerrados y el aliento corto, persistía en declamar en voz baja: «Te doy cita, aunque sé que es inútil, convencido de que, pase lo que pase, tú estarás allí. Tu esplendor no tendrá igual sino en la profundidad de tu mirada melancólica. Estarás envuelta en un aura de inocencia. Te entregarás por completo, sin la menor resistencia, y yo, colmadoe ntre los colmados, te tomaré a ti… mi libertad».

Su respiración se aceleró; palideció; sus palabras traicionaban una angustia repentina: «¿Por qué tengo tanto miedo? Miedo de las horas, de los minutos y de los segundos que se deshacen inexorablemente, miedo del tiempo que pasa».

¿Por qué, entonces, esta aprensión, este temor de sentir de nuevo tu brisa leve y de saborear tu incomparable esencia? Los muros caerán; la aventura me espera al final del camino y yo, cobarde, desfallezco. ¡Maldita sea! ¿Qué me sucede de pronto?

Me quedé petrificado ante aquel brusco acceso de pánico. Sentado en mi camastro, lo observaba de reojo, desconcertado y preocupado. Tras un largo silencio, mi compañero recuperó el color y parecía haberse recompuesto. Apoyado sobre los codos, con la mirada perdida en la nada, parecía dirigirse a un interlocutor invisible:

«¡Cita, pues, a las ocho de la mañana! Después de cinco ristretti de un café italiano, truequeados por mi vieja colección de discos de un mítico guitarrista afroamericano, dejaré de pensar. ¿O quizá no? Dentro de unas horas seré libre, y de esa libertad tan esperada tal vez no sabré qué hacer. ¿Cómo habré de reaccionar ante semejante oportunidad? No lo sé, ni por asomo. La única certeza que poseo se resume en una frase breve: es mi vida.»

Se volvió hacia mí. Nos quedamos largo rato mirándonos. Su mirada, hundida en la mía, era luminosa y serena.

Hoy aún guardo en la memoria la imagen de aquel hombre que me sujetaba con firmeza por el hombro y que, justo antes de marcharse, me dijo:

«Mi joven amigo, si la fuente del júbilo existe, no se halla enningún otro lugar que en la vida misma. La vida, palabra singular,indefinible, no admite sinónimos. Creer en la vida es creer en unomismo; y creer en uno mismo es aprender a estimar al ser humano.»
 
Aún guardo en la memoria a aquel compañero de infortunio que, desde el fondo de nuestra celda, repetía sin descanso: «No puedo pensar en nada que no sea ella».

Aunque apenas nos conocíamos, una noche reuní el valor para acercarme hasta él. Seguramente desconcertado por mi presencia, dejó de murmurar y, al levantar el rostro, con la mirada hundida en la mía, retomó su monólogo. Para mi gran sorpresa, las palabras que escapaban de sus labios resecos eran distintas; su lenguaje metafórico, impregnado de filosofía, me sobrecogía. Contra todo pronóstico, aquel ser encogido sobre un jergón insalubre me ofrecía una verdadera lección de vida: «Las luces fallaban; la ventana de la izquierda estaba abierta y, detrás de ella, las cortinas oscilaban como las vibraciones de las cuerdas de un arpa. Entonces se percibían, extendiéndose por toda la comarca, los clamores de una juventud aún y siempre indómita».

Se había detenido de golpe. Con los párpados entrecerrados, parecía revivir con intensidad instantes de una existencia para siempre perdida. Aquella suspensión fue brevísima y retomó la palabra con un tono cargado de nostalgia: «Fue al ver unas fotografías amarillentas y al leer antiguas cartas cuyo sentido ya no comprendía que mis ilusiones juveniles se desvanecieron para siempre… Hoy, a mi pesar, estoy aquí, y estoy cansado».

De pronto, sin aviso alguno, se levantó y se dirigió al ventanuco. Con sus manos frágiles aferró dos barrotes y, tirando con todas sus fuerzas desde sus brazos descarnados, se alzó para observar el pequeño jardín salpicado de flores primaverales. Entonces retomó su discurso: «Mañana, una vez más, mis alas se abrirán. Mañana cantaré mucho antes de que lo haga el gallo, mucho antes de que repique la campana de esta prisión».

Aquel grito del alma resonó como una convicción, como una promesa hecha a sí mismo. Exhausto, soltó los barrotes y se arrastró hasta su camastro, donde se dejó caer.

Tendido sobre su lecho de miseria, los ojos cerrados y el aliento corto, persistía en declamar en voz baja: «Te doy cita, aunque sé que es inútil, convencido de que, pase lo que pase, tú estarás allí. Tu esplendor no tendrá igual sino en la profundidad de tu mirada melancólica. Estarás envuelta en un aura de inocencia. Te entregarás por completo, sin la menor resistencia, y yo, colmadoe ntre los colmados, te tomaré a ti… mi libertad».

Su respiración se aceleró; palideció; sus palabras traicionaban una angustia repentina: «¿Por qué tengo tanto miedo? Miedo de las horas, de los minutos y de los segundos que se deshacen inexorablemente, miedo del tiempo que pasa».

¿Por qué, entonces, esta aprensión, este temor de sentir de nuevo tu brisa leve y de saborear tu incomparable esencia? Los muros caerán; la aventura me espera al final del camino y yo, cobarde, desfallezco. ¡Maldita sea! ¿Qué me sucede de pronto?

Me quedé petrificado ante aquel brusco acceso de pánico. Sentado en mi camastro, lo observaba de reojo, desconcertado y preocupado. Tras un largo silencio, mi compañero recuperó el color y parecía haberse recompuesto. Apoyado sobre los codos, con la mirada perdida en la nada, parecía dirigirse a un interlocutor invisible:

«¡Cita, pues, a las ocho de la mañana! Después de cinco ristretti de un café italiano, truequeados por mi vieja colección de discos de un mítico guitarrista afroamericano, dejaré de pensar. ¿O quizá no? Dentro de unas horas seré libre, y de esa libertad tan esperada tal vez no sabré qué hacer. ¿Cómo habré de reaccionar ante semejante oportunidad? No lo sé, ni por asomo. La única certeza que poseo se resume en una frase breve: es mi vida.»

Se volvió hacia mí. Nos quedamos largo rato mirándonos. Su mirada, hundida en la mía, era luminosa y serena.

Hoy aún guardo en la memoria la imagen de aquel hombre que me sujetaba con firmeza por el hombro y que, justo antes de marcharse, me dijo:

«Mi joven amigo, si la fuente del júbilo existe, no se halla enningún otro lugar que en la vida misma. La vida, palabra singular,indefinible, no admite sinónimos. Creer en la vida es creer en unomismo; y creer en uno mismo es aprender a estimar al ser humano.»
Una perspectiva optimista, creer en la vida y en uno mismo como fuente de felicidad.
Es lo único que nos depara el confinamiento.

Saludos
 
“El silencio que antecede el vuelo” es una reflexión sobre la libertad, el miedo y la esperanza. A través del diálogo con un hombre encarcelado, muestras que la prisión más difícil de vencer no siempre es la de los muros, sino la que nace de las dudas y los temores interiores. La prosa, de gran riqueza poética, transforma una experiencia concreta en una meditación universal sobre la condición humana. El desenlace deja una enseñanza luminosa: la verdadera libertad comienza cuando aprendemos a creer en la vida, en nosotros mismos y en la dignidad de cada ser humano.

Mucha enseñanza nos brinda esta reflexión

Saludos cordiales
 

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