jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
.
beti sacó a crédito
aquel puto sillón de dos plazas
una radiocasetera panasonic que te cagas
un par de tangas victoria sicret
y dos o tres cazuelas de teflón antiadherente
que estaban en oferta y, pues bueno
ella no pudo resistir la tentación de comprarlas
y recuerdo que aquel verano del 84 o del 85 o del 86
-¿o sería el 82?-
me tiraba todas las tardes en el puto sillón
con el panasonic a todo volumen
los marlboro, el ventilador en los huevos
y la magia medicinal de la cerveza que me hacía olvidar
la dureza de la vida, el hambre en áfrica
y los putos problemas con la familia de beti
-su madre no podía verme ni en pintura
porque a beti le salía del coño comprarme toda la cerveza que me pudiera tragar-
y recuerdo también algunas tardes
-beti ausente partiéndose el culo 10 horas diarias como camarista en un hotelucho de mierda
a cambio de un salario que nos permitiera sobrevivir-
en que su hermana eréndira se asomaba por el depa
para ver si estaba beti:
"oh, es temprano todavía, mejor vuelvo más tarde"
"nah, tómate un trago ya que estás aquí"
ella pasaba dentro, claro
y se metía luego al baño a mear o lo que fuera
en tanto yo le preparaba un trago:
ron, coca zero, hielo, agua mineral
y una pizca de raíz de peyote de la sierra del nayar
"¡preparas unas cubas de puta madre, pinche villa!"
"es la práctica, éren, ya sabes"
no hacíamos en realidad nada especial
aparte beber, fumar, escuchar algunas cumbias
hablar acerca de la angustia existencial en kierkengard
el pesimismo de schopenhauser, la enfermiza introversión de wittgenstain
y echar una culeada cuando el efecto afrodisíaco del peyote
ya había puesto a mi invitada más bramuda que una perra en celo
el paso del tiempo me ha hecho ir olvidando infinidad de cosas
largos pasajes de mi vida han quedado sumidos para siempre
en el fondo de una insondable y granítica tiniebla
ni siquiera recuerdo el color de los ojos de beti
la forma de sus rodillas, su talla de sostén
no recuerdo ya tampoco si eréndira era realmente hermana de beti
o la mujer del vecino o la encargada de la lavandería
que estaba en la planta baja de aquel multifamiliar
o una de las dos lesbianas que vivían al otro lado del rellano:
¡quién vergas se va a andar acordando a mi puta edad
de todos los malditos culos que alguna vez se habrá cepillado!
tampoco tengo clara la razón por la que beti
decidió mandarme a la chingada no mucho después
-perderla me dolió casi tanto como haber perdido
todas aquellas montañas de cerveza que ella generosamente me pagaba-
del puto sillón sé que terminó recalando en casa de la madre de beti
que poco antes de aquella navidad se infartó y murió mientras echaba una jeta en él
cuando pienso en esa arpía maledicente me viene indefectiblemente a la cabeza
la imagen de un caracol milenario que, con morosidad infinita
se arrastra hacia el último confín del universo para contemplar
una vez alcanzadas aquellas latitudes
el fin de los días y las tristes y patéticas hazañas de los hombres
.
beti sacó a crédito
aquel puto sillón de dos plazas
una radiocasetera panasonic que te cagas
un par de tangas victoria sicret
y dos o tres cazuelas de teflón antiadherente
que estaban en oferta y, pues bueno
ella no pudo resistir la tentación de comprarlas
y recuerdo que aquel verano del 84 o del 85 o del 86
-¿o sería el 82?-
me tiraba todas las tardes en el puto sillón
con el panasonic a todo volumen
los marlboro, el ventilador en los huevos
y la magia medicinal de la cerveza que me hacía olvidar
la dureza de la vida, el hambre en áfrica
y los putos problemas con la familia de beti
-su madre no podía verme ni en pintura
porque a beti le salía del coño comprarme toda la cerveza que me pudiera tragar-
y recuerdo también algunas tardes
-beti ausente partiéndose el culo 10 horas diarias como camarista en un hotelucho de mierda
a cambio de un salario que nos permitiera sobrevivir-
en que su hermana eréndira se asomaba por el depa
para ver si estaba beti:
"oh, es temprano todavía, mejor vuelvo más tarde"
"nah, tómate un trago ya que estás aquí"
ella pasaba dentro, claro
y se metía luego al baño a mear o lo que fuera
en tanto yo le preparaba un trago:
ron, coca zero, hielo, agua mineral
y una pizca de raíz de peyote de la sierra del nayar
"¡preparas unas cubas de puta madre, pinche villa!"
"es la práctica, éren, ya sabes"
no hacíamos en realidad nada especial
aparte beber, fumar, escuchar algunas cumbias
hablar acerca de la angustia existencial en kierkengard
el pesimismo de schopenhauser, la enfermiza introversión de wittgenstain
y echar una culeada cuando el efecto afrodisíaco del peyote
ya había puesto a mi invitada más bramuda que una perra en celo
el paso del tiempo me ha hecho ir olvidando infinidad de cosas
largos pasajes de mi vida han quedado sumidos para siempre
en el fondo de una insondable y granítica tiniebla
ni siquiera recuerdo el color de los ojos de beti
la forma de sus rodillas, su talla de sostén
no recuerdo ya tampoco si eréndira era realmente hermana de beti
o la mujer del vecino o la encargada de la lavandería
que estaba en la planta baja de aquel multifamiliar
o una de las dos lesbianas que vivían al otro lado del rellano:
¡quién vergas se va a andar acordando a mi puta edad
de todos los malditos culos que alguna vez se habrá cepillado!
tampoco tengo clara la razón por la que beti
decidió mandarme a la chingada no mucho después
-perderla me dolió casi tanto como haber perdido
todas aquellas montañas de cerveza que ella generosamente me pagaba-
del puto sillón sé que terminó recalando en casa de la madre de beti
que poco antes de aquella navidad se infartó y murió mientras echaba una jeta en él
cuando pienso en esa arpía maledicente me viene indefectiblemente a la cabeza
la imagen de un caracol milenario que, con morosidad infinita
se arrastra hacia el último confín del universo para contemplar
una vez alcanzadas aquellas latitudes
el fin de los días y las tristes y patéticas hazañas de los hombres
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