Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
Visión del sudario y una lágrima
propicia, desvelo casi transparente
que atrae en vuelo vertiginoso ese
cuerpo mecido por el viento y el
breve oleaje. El aire acaricia el
cuerpo vulnerado. La arena ha
marcado su misterio de pasos
vacilantes y su derrumbe en la
orilla nocturna. Se supo que esa
noche hubo luna llena y que está
hediondo desde cierto día. Los turistas
le temen, las gaviotas no, más bien
se posan en el cuerpo medio hundido
que parece haber salido del mar...
La arena borracha ha delimitado
el territorio que le corresponde.
En el rostro adormilado aparece
un gesto. No se debe al dolor pues
nada siente; sobre su frente brilla
y acalora el sol implacable pero él
no despierta. Sólo la arena hunde
de a poco el ropaje dormido. Sólo
la arena blanda se hace cargo...
Y es un ser iluminado quien lo cuida
como ángel. El persistente relumbre
y olor a rancio aleja a los curiosos...
Las olas breves lamen las heridas de
su alma y de su cuerpo y él esboza
una especie de sonrisa- mueca de
pájaro. Se siente hermanado con las
gentiles gaviotas que merodean en
forma indiferente, pero algo es necesario.
Es necesario el recuerdo aquel, cuando
era un muchacho que a menudo visitaba
esa playa mayormente desierta y las Dunas
donde se refugiaba a hacer el amor con ella.
Y después corrían, se internaban en el mar
y jugaban y tan sólo se escuchaban sus risas,
mientras el mar cómplice tapaba sus secretos...
propicia, desvelo casi transparente
que atrae en vuelo vertiginoso ese
cuerpo mecido por el viento y el
breve oleaje. El aire acaricia el
cuerpo vulnerado. La arena ha
marcado su misterio de pasos
vacilantes y su derrumbe en la
orilla nocturna. Se supo que esa
noche hubo luna llena y que está
hediondo desde cierto día. Los turistas
le temen, las gaviotas no, más bien
se posan en el cuerpo medio hundido
que parece haber salido del mar...
La arena borracha ha delimitado
el territorio que le corresponde.
En el rostro adormilado aparece
un gesto. No se debe al dolor pues
nada siente; sobre su frente brilla
y acalora el sol implacable pero él
no despierta. Sólo la arena hunde
de a poco el ropaje dormido. Sólo
la arena blanda se hace cargo...
Y es un ser iluminado quien lo cuida
como ángel. El persistente relumbre
y olor a rancio aleja a los curiosos...
Las olas breves lamen las heridas de
su alma y de su cuerpo y él esboza
una especie de sonrisa- mueca de
pájaro. Se siente hermanado con las
gentiles gaviotas que merodean en
forma indiferente, pero algo es necesario.
Es necesario el recuerdo aquel, cuando
era un muchacho que a menudo visitaba
esa playa mayormente desierta y las Dunas
donde se refugiaba a hacer el amor con ella.
Y después corrían, se internaban en el mar
y jugaban y tan sólo se escuchaban sus risas,
mientras el mar cómplice tapaba sus secretos...