inflado como una grasienta bola de pus, aquel ser nocturno se llevaba a su enervada boca de dientes postizos toda clase de repostería caducada. Hasta que una mañana de sol harapiento le empezaron a nacer las arritmias en el prostíbulo de camas de hojalata. Llamaron urgentemente al médico belicoso de la comarca. Y a este no se le ocurrió otra cosa que bajarle los cagados calzoncillos para de inmediato insertarle un negro supositorio gordo por el profundo orificio anal. El paciente resoplaba como si la vida y la muerte le fuera en ello. Entonces, los latidos de su mugriento corazón de escarcha comenzaron a ajar su pecho de próximo difunto enterrado en claustrofóbico ataúd de pino. Al instante empalideció, siendo su ángel protector el primero en desgajarse de su vagabunda alma. Para que así, el demonio de la muerte se lo llevase en esencia inmortal hacia los fragorosos infiernos. Donde allí, los réprobos de la Santa Biblia orinarían en su tez macilenta de condenado por impenitente gula.
Última edición: