En una herida noche de Pentecostés aquellos discípulos del Nazareno esperaban las lenguas sagradas de fuego. Que se revelasen en sus macizas testas de gladiadores cristianos. Cuando estaban sentados a la mesa, comiendo el cordero saludable a los ojos del Altísimo, he aquí que la puerta se abrió por una potente ráfaga de viento, y el sustituto crístico no era sino el demonio de la demencia, que los miraba furtivamente, mientras aquellos soltaron un alarido descomunal de horror. Le preguntaron dónde estaba el Maestro. Mas el negro numen de horrenda indumentaria, toda ella encharcada en sangre, callaba. San Pedro, que estaba petrificado como los demás discípulos del Cristo, logró sacudirse de su vil hieratismo y fue presto a apuñalar con una daga a aquel blasfemo sustituto. Pero éste le paró el golpe y con una pezuña de cabrón maldito le marcó con el nombre de la bestia la faz para siempre. Entonces, los demás huyeron en desbandada mientras a las afueras les esperaban un centenar de podridos esqueletos salvajes que tiraron de sus pieles hasta acabar re matándolos.