Escarzaga
Art is long, time short
En el estío más caluroso,
Por entre la niebla fantasmagórica del mar,
Viles cuerpos con estertor podrido
Vagan con pústula cerebral
Al teatro de mimos de otro siglo.
Pérfido es el devaneo
Que siente ya el público,
Afanoso de verse y ser visto,
Caquécticos ojos y hambriento capricho
Por ciscar en insípidas historias de amor.
Ahí llega su variopinta multitud,
Los rectos y los endebles,
El magullado arquíptero
Con su refinada chupatintas.
Roguemos pues,
Que esta obra sacuda su bandullo
Y levante horas de masacre en su mente,
Que socave así en su despertar.
¿Pero quién soy yo,
Imagen de una imagen,
Para maldecir a este diablo mi vecino,
Que sienta su culo nervioso
Porque sabe que expuesto está?
Pero así muestra él al fin,
De que color luce su viejo penacho,
Nuestro deber será quemarlo.
En la lejanía,
Sube fatigoso el adamascado telón,
Que con obesa danza
Arrasa vil el chismorreo,
¡Silencio, taimados canallas!
Hora de escuchar al bufón.
Apague señora, ese tumor,
Extensión falsa de su figura,
O el enano vestido de mujer
Romperá gustoso su monumental osamenta.
Cuando farfullan las vigas,
Cimbreando sale de la oscuridad
Un penoso y mortal elenco,
Las sillas como teatro dispuestas,
Mostrando escuálidas sus caras
Se postran fríos en el silencio hueco.
Penetran así sus miradas
En el iris putrefacto de tan soberana sociedad,
Mientras murmullan y preparan la trampa,
Haciendo muecas hartas de veneno
Al narizotas de primera fila.
¡Estafa!
Se oyó desde el palco de la miseria,
Oh, pero calla, tú,
Siervo mandril de ojos tristes,
¿Qué labor tienta tu mano
Si no la de perecer en cierto lupanar?
Derrengado yaces luego ante el señor,
Henchido del fruto de otro,
Cuando a ciegas vas con tu pequeña cruz.
Un carraspeo y lamento más tarde,
De nuevo el silencio todo inunda,
El brillo cristalino de sus ojos
Apenas se movió,
Y como el tiempo,
Congelose las manillas del reloj.
Atrás se vislumbró al pintor,
Que con mustias quejas
Se apega a su dolor,
¿Qué valiente mierda pinto yo?
Quizás a su maja desnuda
O una serpiente mudada de piel.
¡Ay, virtud incauta!
¿Qué sol malherido se pone en tu imperio?
Vuelve a casa con su sopa de col
Este pintor con lágrima de vencido,
Otorga a sus penas
El honor de una botella,
Mientras el crítico seduce impío
Al puto más caro del mercado,
Llevando él las retorcidas riendas
De un pintor inacabado.
¡Temor morte!
Allá en el negro escenario
Se rompe la calavera de ébano,
Y chillan todos de placer
Como si Muerte lejana estuviera.
Corre la sombría levadura
Sobre los párpados de dicha calavera,
Saliendo de ella rotos juguetes
Mientras la obscena Mescalina se desmiembra,
¡Que infortunio! ¡Que parto!
Aquí nacen
Los que ahora se miran con horror.
Retorna pues,
Y lávate esa cara
Esculpida por tu deseo
Cabrón ingrato.
Por entre la niebla fantasmagórica del mar,
Viles cuerpos con estertor podrido
Vagan con pústula cerebral
Al teatro de mimos de otro siglo.
Pérfido es el devaneo
Que siente ya el público,
Afanoso de verse y ser visto,
Caquécticos ojos y hambriento capricho
Por ciscar en insípidas historias de amor.
Ahí llega su variopinta multitud,
Los rectos y los endebles,
El magullado arquíptero
Con su refinada chupatintas.
Roguemos pues,
Que esta obra sacuda su bandullo
Y levante horas de masacre en su mente,
Que socave así en su despertar.
¿Pero quién soy yo,
Imagen de una imagen,
Para maldecir a este diablo mi vecino,
Que sienta su culo nervioso
Porque sabe que expuesto está?
Pero así muestra él al fin,
De que color luce su viejo penacho,
Nuestro deber será quemarlo.
En la lejanía,
Sube fatigoso el adamascado telón,
Que con obesa danza
Arrasa vil el chismorreo,
¡Silencio, taimados canallas!
Hora de escuchar al bufón.
Apague señora, ese tumor,
Extensión falsa de su figura,
O el enano vestido de mujer
Romperá gustoso su monumental osamenta.
Cuando farfullan las vigas,
Cimbreando sale de la oscuridad
Un penoso y mortal elenco,
Las sillas como teatro dispuestas,
Mostrando escuálidas sus caras
Se postran fríos en el silencio hueco.
Penetran así sus miradas
En el iris putrefacto de tan soberana sociedad,
Mientras murmullan y preparan la trampa,
Haciendo muecas hartas de veneno
Al narizotas de primera fila.
¡Estafa!
Se oyó desde el palco de la miseria,
Oh, pero calla, tú,
Siervo mandril de ojos tristes,
¿Qué labor tienta tu mano
Si no la de perecer en cierto lupanar?
Derrengado yaces luego ante el señor,
Henchido del fruto de otro,
Cuando a ciegas vas con tu pequeña cruz.
Un carraspeo y lamento más tarde,
De nuevo el silencio todo inunda,
El brillo cristalino de sus ojos
Apenas se movió,
Y como el tiempo,
Congelose las manillas del reloj.
Atrás se vislumbró al pintor,
Que con mustias quejas
Se apega a su dolor,
¿Qué valiente mierda pinto yo?
Quizás a su maja desnuda
O una serpiente mudada de piel.
¡Ay, virtud incauta!
¿Qué sol malherido se pone en tu imperio?
Vuelve a casa con su sopa de col
Este pintor con lágrima de vencido,
Otorga a sus penas
El honor de una botella,
Mientras el crítico seduce impío
Al puto más caro del mercado,
Llevando él las retorcidas riendas
De un pintor inacabado.
¡Temor morte!
Allá en el negro escenario
Se rompe la calavera de ébano,
Y chillan todos de placer
Como si Muerte lejana estuviera.
Corre la sombría levadura
Sobre los párpados de dicha calavera,
Saliendo de ella rotos juguetes
Mientras la obscena Mescalina se desmiembra,
¡Que infortunio! ¡Que parto!
Aquí nacen
Los que ahora se miran con horror.
Retorna pues,
Y lávate esa cara
Esculpida por tu deseo
Cabrón ingrato.