Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Te amo, no como el viento que se pierde en el aire,
sino como la roca que, a pesar del tiempo, sigue firme en su lugar.
En la danza de las horas, donde el sol se acurruca en el horizonte,
nuestro amor no se desvanece, sino que se templa como el hierro al fuego.
Eres la calma después de la tormenta,
la raíz profunda que da vida a mi ser.
No hay prisa en nosotros, porque el amor que construimos,
se edifica con los ladrillos de la paciencia y la comprensión.
Cada arruga en mi rostro es una carta escrita con tu nombre,
y cada cabello gris, un testamento de la vida que juntos hemos recorrido.
No hay necesidad de promesas eternas,
porque el amor verdadero se teje entre los hilos invisibles del tiempo.
A veces me pregunto si el amor más puro
es el que no se busca, sino el que se encuentra
cuando aprendemos a callar para escuchar el latir del otro,
y cuando nuestros cuerpos, al encontrarse,
no hablan de pasión, sino de la serenidad que trae el alma en su quietud.
El amor que compartimos es un río lento,
que, aunque serpentea, nunca pierde su curso.
Es un jardín cultivado con los gestos simples,
como el sol que, sin prisa, cuida la flor en su esplendor.
Así, en el último aliento del día,
en el brillo callado de las estrellas,
sé que este amor es mi refugio y mi eterna razón,
no porque sea perfecto, sino porque es el refugio que elegimos
y la razón que nunca dejó de ser.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
sino como la roca que, a pesar del tiempo, sigue firme en su lugar.
En la danza de las horas, donde el sol se acurruca en el horizonte,
nuestro amor no se desvanece, sino que se templa como el hierro al fuego.
Eres la calma después de la tormenta,
la raíz profunda que da vida a mi ser.
No hay prisa en nosotros, porque el amor que construimos,
se edifica con los ladrillos de la paciencia y la comprensión.
Cada arruga en mi rostro es una carta escrita con tu nombre,
y cada cabello gris, un testamento de la vida que juntos hemos recorrido.
No hay necesidad de promesas eternas,
porque el amor verdadero se teje entre los hilos invisibles del tiempo.
A veces me pregunto si el amor más puro
es el que no se busca, sino el que se encuentra
cuando aprendemos a callar para escuchar el latir del otro,
y cuando nuestros cuerpos, al encontrarse,
no hablan de pasión, sino de la serenidad que trae el alma en su quietud.
El amor que compartimos es un río lento,
que, aunque serpentea, nunca pierde su curso.
Es un jardín cultivado con los gestos simples,
como el sol que, sin prisa, cuida la flor en su esplendor.
Así, en el último aliento del día,
en el brillo callado de las estrellas,
sé que este amor es mi refugio y mi eterna razón,
no porque sea perfecto, sino porque es el refugio que elegimos
y la razón que nunca dejó de ser.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados