Bender Carvajal
Poeta recién llegado
Cuando pase un año
voy a adquirir una casa
en el borde costero de todos los silencios
que me asaltan,
tendré jardines de flores inapelables
y pintaré de blanco las piedras del sendero
por donde ya no aguardaré
tu maldito regreso;
el techo será de planetas con banderas anchas,
tejeré de tallarines la madeja del invierno,
posavasos de frutas secas,
portón de cartulina y acuarelas,
luciérnagas en el piso,
féretros sobre la chimenea,
y dulces trozos de ámbar colgando
de las vigas a la vista
que tendrán mis huesos.
Dentro de un año
cuando me haya jubilado de tu recuerdo
podré desenterrar mis versos de ti
desde el patio trasero,
y sobre el lomo de elefantes alados,
en el ático de la casa,
quedarán flotando los besos, las palabras,
y la palidez intacta de un niño que te viene
a multiplicar el sueño.
Mi cuarto será una puerta
constante y entreabierta, sembraré sábanas,
cultivaré duelos, dormiré con la memoria mutilada,
y quizás me deje embarazar
por aquellos incesantes
y locos divertimentos del infierno.
Ventanales con extensión
de cielos empachados de pereza y ocio,
pasaré tendido la mayor parte del tiempo,
domesticando gusanos, violentando grietas,
amasando las horas en una casa color de invierno,
y tu llanto seco será una mancha
en el fondo del huerto.
A un año de ti
mi casa a tus pies sin colores ni cadenas
será un peldaño tras otro
cubierto de tierra,
con terraza de perros huérfanos,
medallas, norias, cruz en la puerta
y horizontes plantados de nebulosas enredaderas;
refrigerio de visitas inesperadas,
vecinos insospechados, condominio de sueños prefabricados,
dolorosas huestes con pan de azúcar entre los dedos,
mi casa innumerable con agua de salitre
fértil crecerá por los tallos de un árbol
frondoso de hojas y desahuciado con estos versos.
voy a adquirir una casa
en el borde costero de todos los silencios
que me asaltan,
tendré jardines de flores inapelables
y pintaré de blanco las piedras del sendero
por donde ya no aguardaré
tu maldito regreso;
el techo será de planetas con banderas anchas,
tejeré de tallarines la madeja del invierno,
posavasos de frutas secas,
portón de cartulina y acuarelas,
luciérnagas en el piso,
féretros sobre la chimenea,
y dulces trozos de ámbar colgando
de las vigas a la vista
que tendrán mis huesos.
Dentro de un año
cuando me haya jubilado de tu recuerdo
podré desenterrar mis versos de ti
desde el patio trasero,
y sobre el lomo de elefantes alados,
en el ático de la casa,
quedarán flotando los besos, las palabras,
y la palidez intacta de un niño que te viene
a multiplicar el sueño.
Mi cuarto será una puerta
constante y entreabierta, sembraré sábanas,
cultivaré duelos, dormiré con la memoria mutilada,
y quizás me deje embarazar
por aquellos incesantes
y locos divertimentos del infierno.
Ventanales con extensión
de cielos empachados de pereza y ocio,
pasaré tendido la mayor parte del tiempo,
domesticando gusanos, violentando grietas,
amasando las horas en una casa color de invierno,
y tu llanto seco será una mancha
en el fondo del huerto.
A un año de ti
mi casa a tus pies sin colores ni cadenas
será un peldaño tras otro
cubierto de tierra,
con terraza de perros huérfanos,
medallas, norias, cruz en la puerta
y horizontes plantados de nebulosas enredaderas;
refrigerio de visitas inesperadas,
vecinos insospechados, condominio de sueños prefabricados,
dolorosas huestes con pan de azúcar entre los dedos,
mi casa innumerable con agua de salitre
fértil crecerá por los tallos de un árbol
frondoso de hojas y desahuciado con estos versos.
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