pumuki
Poeta asiduo al portal
Como la mañana
levanta su capa estrellada
y cubre mis ojos,
inunda mis retinas
con su estela dorada.
Su áurea estrella
y su pardo horizonte,
marcan la linde
y las fronteras
de bosques y montes.
La armonía y paz
reinan a la par,
en un reinado musical
donde el silencio marca su melodía;
sigiloso y barítono
el río abajo sigue su ritmo;
la estática y el dinamismo
funden sus patrones
en un mismo concepto.
Levanta el ocaso,
apunta a Lisboa
el faro y los acantilados
del océano Atlántico.
Ya se encienden las estrellas
como antorchas en medio de la noebla,
van buscando entre matojos la correcta vereda.
Mientras el purpúreo maquillaje estelar
se tiñe azul y oscuro
para que a hurtadillas,
entre la Luna de puntillas;
ilumine Helvetia, ilumine Lutecia
ella es la reina del muro negro,
donde las penas se quedan colgando
de sus afilados ganchos
agonizando en un mar de sollozos;
la noche se retorna oscura y fría,
mundana y solitaria,
emanadora de trsitezas
y de desgracias,
hasta que el reloj marque su morada
allá en el amanecer,
allá en la madrugada.
Vuelve a levantar el gran astro
su gran escudo dorado
derrocando con afiladas
y deslumbrantes espadas
a la plateada coraza
del elemento selenita
que poco a poco se debilita.
levanta su capa estrellada
y cubre mis ojos,
inunda mis retinas
con su estela dorada.
Su áurea estrella
y su pardo horizonte,
marcan la linde
y las fronteras
de bosques y montes.
La armonía y paz
reinan a la par,
en un reinado musical
donde el silencio marca su melodía;
sigiloso y barítono
el río abajo sigue su ritmo;
la estática y el dinamismo
funden sus patrones
en un mismo concepto.
Levanta el ocaso,
apunta a Lisboa
el faro y los acantilados
del océano Atlántico.
Ya se encienden las estrellas
como antorchas en medio de la noebla,
van buscando entre matojos la correcta vereda.
Mientras el purpúreo maquillaje estelar
se tiñe azul y oscuro
para que a hurtadillas,
entre la Luna de puntillas;
ilumine Helvetia, ilumine Lutecia
ella es la reina del muro negro,
donde las penas se quedan colgando
de sus afilados ganchos
agonizando en un mar de sollozos;
la noche se retorna oscura y fría,
mundana y solitaria,
emanadora de trsitezas
y de desgracias,
hasta que el reloj marque su morada
allá en el amanecer,
allá en la madrugada.
Vuelve a levantar el gran astro
su gran escudo dorado
derrocando con afiladas
y deslumbrantes espadas
a la plateada coraza
del elemento selenita
que poco a poco se debilita.