lesmo
Poeta veterano en el portal
El trance de la muerte. Dueto de Alfredo Grajales Sosa y Lesmo (Salvador González)
En rojo los versos de Alfredo Grajales Sosa
En azul los de Lesmo
Hay una estatua esculpida
encima de aquel sepulcro
de mármol tan limpio y pulcro
que parece estar dormida.
Inmóvil, blanca y sin vida,
con esa postura inerte,
silenciosa nos advierte
sobre los desnudos huesos
¡Qué infalibles los decesos
y qué cercana es la muerte!
Del ser humano la suerte
está en la fuerza divina,
que al sepulcro lo confina
cuando ha llegado a cogerte.
Sin aviso sorprenderte
va y te muestra en un segundo,
de que nada en este mundo
al igual que la maldad,
disfruta de eternidad:
solo el sepulcro profundo.
Siempre con pena veremos
la muerte en seres queridos,
nos dejará tan heridos
que nunca la olvidaremos.
Pero mejor pensaremos
en este hecho tan constante
que es también solo un instante,
un momento que transporta
al lugar donde no importa
su presencia amenazante.
Donde nada es importante
ni persona que más valga,
del sepulcro no hay quien salga
por su riqueza abundante.
No hay personaje arrogante
que a la muerte no sucumba,
si tu suerte se derrumba
o se rompe en mi pedazos
están sus gélidos brazos
para llevarte a la tumba.
Y si de algo ha de servir
a nuestro razonamiento
tenemos convencimiento,
de lo real del morir.
Es para siempre vivir
y la muerte será el trance
vital que nos esperance
a ver como primavera
nuestra vida venidera
pues esta es solo un avance.
No hay riqueza que te alcance
para burlar el camino,
escrito está en tu destino:
que hacia sus brazos te lance.
Mantenemos un romance
todo el tiempo con la muerte,
ella habrá de devolverte
a ese mundo inmaterial,
en donde todo mortal
queriendo o no, se convierte.
La muerte nos acompaña
desde el día en que nacemos,
y jamás nos deshacemos
de la que además no engaña.
Mas, no viéndonos con saña,
nos da el boleto de ida
sin anunciar la salida
y en ese nuevo nacer,
ausente ya de poder:
eternamente es vencida.
En nuestro espíritu anida
de vida eterna el anhelo,
y deseamos que en cielo
Dios nos de la bienvenida.
Entre sus brazos cabida
esperamos el consuelo
y veloz es nuestro vuelo
hacia el edén, trayectoria,
comenzar la nueva historia:
cuando nos acoja el suelo.
Muy agradecido al compañero Alfredo Grajales Sosa por dejar que trabajase de nuevo con él en la confección de este dueto.
Con cariño a él y a todos los lectores.
En rojo los versos de Alfredo Grajales Sosa
En azul los de Lesmo
Hay una estatua esculpida
encima de aquel sepulcro
de mármol tan limpio y pulcro
que parece estar dormida.
Inmóvil, blanca y sin vida,
con esa postura inerte,
silenciosa nos advierte
sobre los desnudos huesos
¡Qué infalibles los decesos
y qué cercana es la muerte!
Del ser humano la suerte
está en la fuerza divina,
que al sepulcro lo confina
cuando ha llegado a cogerte.
Sin aviso sorprenderte
va y te muestra en un segundo,
de que nada en este mundo
al igual que la maldad,
disfruta de eternidad:
solo el sepulcro profundo.
Siempre con pena veremos
la muerte en seres queridos,
nos dejará tan heridos
que nunca la olvidaremos.
Pero mejor pensaremos
en este hecho tan constante
que es también solo un instante,
un momento que transporta
al lugar donde no importa
su presencia amenazante.
Donde nada es importante
ni persona que más valga,
del sepulcro no hay quien salga
por su riqueza abundante.
No hay personaje arrogante
que a la muerte no sucumba,
si tu suerte se derrumba
o se rompe en mi pedazos
están sus gélidos brazos
para llevarte a la tumba.
Y si de algo ha de servir
a nuestro razonamiento
tenemos convencimiento,
de lo real del morir.
Es para siempre vivir
y la muerte será el trance
vital que nos esperance
a ver como primavera
nuestra vida venidera
pues esta es solo un avance.
No hay riqueza que te alcance
para burlar el camino,
escrito está en tu destino:
que hacia sus brazos te lance.
Mantenemos un romance
todo el tiempo con la muerte,
ella habrá de devolverte
a ese mundo inmaterial,
en donde todo mortal
queriendo o no, se convierte.
La muerte nos acompaña
desde el día en que nacemos,
y jamás nos deshacemos
de la que además no engaña.
Mas, no viéndonos con saña,
nos da el boleto de ida
sin anunciar la salida
y en ese nuevo nacer,
ausente ya de poder:
eternamente es vencida.
En nuestro espíritu anida
de vida eterna el anhelo,
y deseamos que en cielo
Dios nos de la bienvenida.
Entre sus brazos cabida
esperamos el consuelo
y veloz es nuestro vuelo
hacia el edén, trayectoria,
comenzar la nueva historia:
cuando nos acoja el suelo.
Muy agradecido al compañero Alfredo Grajales Sosa por dejar que trabajase de nuevo con él en la confección de este dueto.
Con cariño a él y a todos los lectores.
Última edición: