Aquel pordiosero hombre de negocios se ufanaba en saquear las viejas bolsas a rebosar de dinero de los humildes agricultores, que habían ganado el sustento con el sudor de su cuartada frente. Pero una noche, mientras dormía, dos negros ángeles de la muerte lo fueron a visitar a su alcoba con aroma a rancio abolengo. Hicieron sonar una plateada campanilla que despertó entre viles convulsiones a nuestro facineroso ladrón. Y contemplando el sobrenatural espectáculo se le salieron los sediciosos ojos verdes de las órbitas. Estaba enloqueciendo con el murmullo malévolo de aquellos seres de otro mundo, quienes reían de placer al verlo enloquecer, mientras hacía examen de conciencia de los muchos crímenes crapulosos que había realizado en vida. Pero ahora ya era demasiado tarde.Los númenes celestiales se llevaron envuelto en llamas el alma del infeliz desgraciado a las catacumbas del helado e inhóspito averno.
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