Arremolinando el viento gélido del norte las hojas secas de los frágiles árboles voy caminando al encuentro del macerado sol invernal. Una tenue voz se escapa de mis labios escarchados y es entonces cuando me pregunto, para mis adentros, el metafísico significado que pueda tener para mi vil existencia. No obstante, mi razón está eclipsada por el poderío titánico de mis furibundas pasiones. No comprendiendo, decido sentarme en una roca que ladea el camino que lleva ya hacia el atardecer de primorosos besos crepusculares. Allí, saco de mi alforja un trozo de pan y comienzo a comerlo con una perruna sensibilidad de hambriento vagabundo. Pero es entonces cuando me sorprende la noche de luna creciente y, sin esperar un segundo, me levanto y, guiado por la estrella vespertina me pierdo entre la maleza de la desidia y compungión.