emerzon meneses
Poeta recién llegado
El Valle del Burrito Rosado
En YEP se encuentra un valle, cuyo río es de plata, pastos de distintos colores, árboles que dan como fruto lingotes de oro, y una casa victoriana donde vivía EMI con su esposa AREP y su hijo EPETI y unos lindos animales. Una tarde cuando salieron a buscar sus alimentos que todo lo producía la naturaleza, por sí solo apareció un pequeño ser: era rosadito, muy pequeño.
El hijo y la esposa, contentos, exclamaron: —¡Qué bello animalito! ¿Qué será?—. Viéndolo bien, Emi sin titubear se dio cuenta de que era un burrito. Se dirige a él: —Hola amiguito, no te asustes. ¿Cómo te llamas?—.
Muy asustadizo, temblando, con mirada espantadiza y tartamudeando, responde:
—Mi... mi... mi... mi nombre es... es... ARBARBASEBO—.
EMI: —¿Cómo dices, pequeño ABARBASEBO?—.
—No... no... no... no... BURSADO—.
EMI: —BURSADO, eres un burrito, pero he visto bastantes y no había visto uno como tú, pequeño y rosado. ¿Cómo llegaste aquí? ¿Tienes familia, vivienda o eres solo?—.
—Somos una manada de 11 más mi padre y mi madre; soy el mayor—.
—¡Vamos, llévame a conocerlos! No tengas miedo, confía en nosotros. No te haremos daño y en cualquier circunstancia ayudaremos—.
EMI junto a su esposa AREP y su hijo EPETI y BURSADO emprendieron la partida al lugar. Para llegar, tuvieron que pasar unas cataratas; exploraron más a fondo y se consiguieron con la manada de ellos. Estaban en su espacio sobre un sol y, al atardecer, la luna amarilla. Se alimentaban de semillas, de pasto y nueces, rodeados de un precioso lugar, estrellas azules y nubes anaranjadas.
La familia hizo amistad con ellos, aunque al principio fue muy difícil, pero finalmente terminaron siendo grandes amigos. Al tiempo acordaron mutuamente y se visitaban; salían de paseo juntos aunque su mundo era distinto al de la familia. No se produjo inconveniente. Concertaron intercambiar sus culturas y conocimientos, entre las que se encontraban el arte de leer y escribir.
EMI junto a su familia le enseñaron poco a poco, aunque fue engorroso ya que no tenían manos sino cascos; escribían sujetando la pluma con los dientes. Pero uno de ellos se apasionó de inmediato por la literatura: el mayor, BURSADO.
Un día de visita a la casa, pregunta a su amigo las posibilidades de que le instruyeran más sobre las letras.
EMI le pregunta: —¿Qué quieres asimilar, BURSADO?—.
—Más sobre literatura—.
EMI: —Amigo, aunque no me considero un letrado, te puedo enseñar lo poco que sé. He leído que en la literatura y para escribir hay distintos textos: unos tratan de narrativa, esto quiere decir narrar hechos; otros son cuentos (es crearte uno); la poesía, que es escribir en prosa y verso y de los sentimientos (eres como un filósofo pero lo escribes); están las fábulas, comedias, escribir noticias, entre otros—.
En ese momento le dio varios ejemplos leyéndole párrafos de cada una de las expresiones literarias. En ese mismo instante, BURSADO narró la historia de su segunda hermana, que tenía un talento único para bailar, escribiendo:
"Mi hermana la bailarina se monta sobre las piedras. Alrededor se encuentran sus espectadores. Cuando danza al son del 'cri-cri' de los grillos, la falda se mueve con el viento. Llama a su hermano para que la tire a dar la voltereta en el aire sonriendo. Ellos se divierten viéndola; no para. La tormenta viene, trae el olor a montaña fresca".
Al leer esto, EMI le comenta: —¡Oh, qué bien, BURSADO! Para principiar está bueno eso que narraste—.
Bursado responde: —Emi, confío que también puedo escribir un poema—.
El poema se lo dedicó al valle donde habitaba y Emi le dice: —Trata de escribirlo—. Y escribe lo siguiente:
"En el valle pasando mis días,
Junto a mis padres y hermanos,
Escucho las melodías de las palmas
Cuando sopla el aire con un fugaz aroma de colores.
Aterciopelada es la tarde que agrieta la tristeza
Y la convierte en alegría".
—¡Oh, muy bueno amigo!— exclama Emi.
Pasó el tiempo y Bursado fue leyendo y practicando más escritura, y un día decidió irse a conocer otros horizontes pero sin comentárselo a nadie. Salió una madrugada, en el décimo día de la semana neptuniana, al otro lado donde existía un monumento. Allá habitaban otros seres también, pero estos perlados. Para la época, en el camino para llegar a ellos, lluvias de granizos de papel caían tenazmente; había serpientes, alacranes, leones, tigres y cocodrilos.
En la ida se topó con un león que lo persiguió. Él vio una cueva pequeña donde entraba y ahí acamparía la noche. Para sorpresa de él, lo que no sabía era que esa pequeña cueva era la casa de una serpiente pitón. Al verlo, le arrojó el gas y empezó a enrollarlo. Él estaba dormido cuando se despierta y se da cuenta de que ya lo está enrollando; asfixiándose, grita: —¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio!—.
Nadie lo oye. Sigue apretándolo cuando de repente hay una enorme tormenta que traía a su paso árboles, piedras y todo lo que hay en el bosque. En eso, un árbol golpea a la serpiente en la cabeza; esta se desmaya y Bursado logra escapar. Sube a una colina y ahí se encontraba un hombrecito llamado Azulado.
Azulado: —¿Cómo llegaste aquí con esa tormenta?—.
Bursado: —Se me hizo muy difícil. Vengo de escapar de una culebra pitón que, después de perseguirme un león, me metí en su cueva sin saber. ¿Quién eres? ¿Cómo es tu nombre?—.
Azulado: —Mi nombre es Azulado, me llaman así por mi piel azulada. Yo sé de esa culebra que se ha tragado a muchos. Estuviste de suerte. ¿Y de dónde vienes?—.
Bursado: —Vengo de YEP—.
Azul: —Ah, he oído de ese lugar, muy nombrado por su río de plata y sus pastos de diferentes colores, aparte de otras bellezas, pero no sabía que era habitado. ¿Y hacia qué lugar te diriges?—.
Bursado: —A un monumento a estudiar con los perlados. Desde pequeño me hablaron de ellos y, como aprendí a leer y escribir, ¡quiero superarme!—.
Azul: —Sé de ellos. Sí, allá aprenderás mucho, pero te falta camino que recorrer. Sin embargo, yo conozco un arte: el arte de la música—.
Bursado: —¡Oh, qué bien! ¡Me gustaría aprender algo sobre eso!—.
Estando ahí, Azulado le dio posada en su humilde aposento por varios días. Empezó a enseñarle el arte de la armonía, melodía y rítmica. Aprendió las notas musicales como las corcheas y semicorcheas, negras, blancas y redondas. Bursado se acordó del "cri-cri" de los grillos y el sonido del soplo del viento cuando bailaba su hermana.
Después de pasar este tiempo y haber aprendido a leer algo de música, le toca partir. Azul le da provisiones; le dice que vaya con mucho cuidado, ya que se encontrará con caminos de matorrales xerófilos y le tocará pasar un desierto donde hay una tribu de nombre los Katalepa, que él conoce y lo pueden orientar a seguir su rumbo.
Bursado arranca en la mañana caminando casi todo el día. Ya casi anocheciendo, se encuentra el principio de los matorrales que le comentó Azul; acampa para partir al siguiente día. Cuando duerme, tiene un sueño: está en una altura sobre un puente y lo persiguen; él se arroja en un río donde en el fondo se veían piedras gigantes que lo querían tragar, lo llamaban. Logra salir y lo esperan varios hombres con palos y piedras. Se exalta pero los enfrenta defendiéndose con sus patas; logra salir de ellos y así despertar de la pesadilla que lo embargó en ese instante.
Él espera que amanezca y continúa. A la media tarde ya está entrando en el desierto y ve en la lejanía que se acercaba una persona. Cuando está a varios metros, se dirige a él con voz temerosa:
—¡Oiga amigo, cómo está! Mi nombre es Bursado, vengo de YEP, ¿y usted?—.
—Hola, mi nombre es Evadero y vengo del otro lado del desierto. Voy a pasar cerca de YEP, ¿se te ofrece algo?—.
Bursado rápidamente piensa que ha estado fuera de casa muchos días y su familia en el valle y amigos no han sabido más de él. Le pide al señor Evadero que si puede esperar unos minutos mientras él redacta una carta para hacérsela llegar a su amigo Emi para que informe a su familia. La carta redactada dice lo siguiente:
"Estimado amigo Emi: Espero estés muy bien. Me es grato dirigirme a ti deseándote todos mis mejores deseos. Me encuentro camino al Monumento de la Sabiduría, ya que después que me enseñaste sobre literatura quise seguir adquiriendo conocimientos de distinta índole y superarme como escritor. He pasado mucho trabajo en el camino, pero sigo adelante por mis proyectos. Espero le hagas llegar esta carta a mi familia, que los quiero mucho y estaré bien. Te escribo tan pronto pueda. Aquí llevo algunos libros que me obsequiaste; los leo siempre. Un gran abrazo. Se despide atentamente, Bursado".
Redactando esta carta, se la entrega a Evadero y sigue su camino. Entra al desierto y a mitad de trayecto se consigue a muchas personas. En ese instante se acuerda de lo que le comentó su amigo Azul: que se encontraría con una tribu, los Katalepa.
Él se entusiasma, va corriendo hacia ellos y le pregunta: —¿Son los Katalepa?—.
Uno de ellos, con una carcajada sarcástica —ja ja ja—: —No somos ellos, ¡los estamos buscando! ¡Tú debes ser uno de ellos! No sabíamos que se trataran de unos burritos rosados. Somos ladrones del desierto—.
Bursado, temblando y sudando del miedo, expresa de forma brusca y desesperado: —¡Nooooooo! No soy uno de ellos, quiero llegar al Monumento del Conocimiento. No me hagan daño, por favor, déjenme seguir mi camino, por favor, no los conozco—.
El jefe, el general de los ladrones, lo manda a encerrar en una jaula que tenían donde estaban varias personas y animales. Allí pasa varios días comiendo y bebiendo de migajas de pan y agua. Bursado, ya obstinado de estar ahí y querer luchar por llegar a su destino, planea un plan de escape. Cuando se empezaba a organizar con un guerrero preso, escucharon estruendos y se levantó una nube de polvo. Se escuchaban gritos y choques de espada. Minutos después aparecen varias personas con trajes árabes y cara tapada; dicen: —Están libres—. Abren el candado con una mandarria y salimos. Eran los Katalepa.
Bursado no perdió el tiempo y se dirigió a ellos: —¿Son ustedes los Katalepa? Soy amigo de Azul, él me habló de ustedes—.
—Sí, sabemos de ti, Bursado. Ya lo vimos y nos comentó sobre ti; sabemos quién eres y a dónde vas. Todavía te falta recorrer camino. Puedes estar con nosotros si es de tu gusto mientras te recuperas de este encierro—.
—¿Cuánto tiempo estuvieron encerrados?—. Bursado: —24 semanas o más—.
Al andar con ellos, quedó maravillado y ya sabía que no estaría solo en ese desierto. Descubrió que existía algo más allá; observaba cómo coexistían organizadamente, cada quien con sus labores cotidianas, sin egoísmo. Él, viendo eso, trató de ingresar bañándose en arenas, entró con esa tribu para arrumbar las desdichas, sin darse cuenta de que en un futuro estaría allí en el monumento. ¡La pasión de su vida: los libros! Que los vio por primera vez en el valle, en casa de sus amigos.
En la tribu conoció a un experto en letras llamado Maestro Gramático. Con él, Bursado comprendió que las palabras no eran solo sonidos, sino puentes entre almas. Pasó largas noches bajo el cielo estrellado del desierto, aprendiendo que cada signo ortográfico es un respiro en la historia de la vida. El Maestro le enseñó a observar las dunas, explicándole que, al igual que la arena cambia con el viento, una buena historia debe fluir y adaptarse, pero siempre manteniendo su esencia.
Bursado se convirtió en el cronista de los Katalepa. Escribía sobre sus cacerías, sus leyendas y la forma en que el sol teñía de rojo el horizonte. Su pelaje rosado, antes motivo de timidez, ahora brillaba con orgullo mientras recitaba versos a los guerreros cansados. Aprendió también sobre matemáticas, calculando la distancia entre los oasis, y sobre física, entendiendo por qué los espejismos engañaban al ojo humano. Incluso se interesó por la química de los tintes que usaban para sus ropajes, descubriendo cómo extraer colores de las raíces del desierto.
Se sumergió en ese maravilloso mundo como lo estamos nosotros en estos momentos. En su lectura diaria dedicaba mucho más tiempo a la poesía y narrativa. Se acordó de su amigo EMI, que escribió un poema sobre las letras que dice:
"Figuras sabias que entran y salen transformándonos,
Todo lo que en nuestra fantasía nos envuelve.
Magia adorada, bronceada de conocimientos de lo alto,
Calada en oro, lingote de inteligencia suprema resplandece".
¡Recordó pasajes de la Biblia, del libro de los Proverbios! Los capítulos 2 y 4, que tratan de la sabiduría que viene de arriba, desemejante a la de abajo.
Descubrió que, a pesar de ser rosado, de papel o como te lo imagines, y convivir con pequeños, grandes, distintos y de otros mundos, la pasión por lo que nos gusta hacer las cosas por ti mismo, no por terceros que te obliguen, es la que nos mueve e inspira a evitar la ignorancia.
Al cruzar finalmente el desierto, ve un hermoso valle parecido a su hogar; ve seres perlados muy parecidos a él. Se comunica con ellos para saber sobre el monumento. Le exponen: —Ya estás en suelo del monumento; a 200 metros llegarás—.
Al cruzar el umbral del templo, el aire cambió. Se sentía el aroma de pergaminos antiguos y tinta fresca. Miles de libros se alineaban en estanterías que parecían tocar las nubes. Allí no había distinciones; los seres perlados lo recibieron como a un igual, reconociendo en sus ojos la chispa del conocimiento que solo poseen los que han viajado lejos para encontrar la verdad.
Finalmente, cuando llega a este hermoso templo, se presenta con el jefe POC TLO, jefe supremo de la sabiduría y el conocimiento. Le dan oportunidad de instruirse y vuelve a sus raíces, donde se encuentra con sus familiares y amigos y cuenta todo lo pasado. Pone como ejemplo que no importa cómo eres o de dónde vienes: para lograr tus metas y alcanzar lo que quieres, solo hace falta la voluntad de dar el primer paso.