camicho
Poeta asiduo al portal
El hollín arropa la piel expuesta,
con el sudor y grasa corporal
forman una fina película
que aísla de las miradas curiosas, de la prisa ajena,
de conciencias saturadas y también de frías madrugadas.
Fatigado por las huellas,
el camino, se tuerce adolorido;
sediento se despoja de sus prendas,
tabiques de rocas alineadas…
pulidas algunas mas desgastadas…
que albergan algunas monedas insoladas.
Se arrastra polvoriento hasta los pies de un pozo.
Precaria construcción pétrea
tímida asoma a menos de un metro de la tierra
y adosado retoza un torcido madero,
próximo a éste
una manivela oxidada cuelga
de la trenza de soga.
Bolsillos sin fondo
y el hambre que habita en las vísceras.
Hilvanes mascados por el calzado
se ocultan tras cortinas de un abrigo remendado
arrastrado al paso.
Calles resuenan al tropel,
bullicio y sequías de caridades;
se hace obligado pedirlas en las afueras,
por el viejo camino
Carruaje raudo, embiste ;
condiciona a tropezar
al caminante que desequilibrado
coincida con alguna pieza moldeada en oro
incrustada entre las grietas.
Tesoro en mano
la avaricia solicita un trago gratuito
del pozo abandonado.
La codicia recuerda leyendas fantásticas
de anhelos concedidos
por un mínimo pago
sin tocar ni una gota de agua.
Alrededor del metal precioso se improvisa
con finos hilos ,
arrancados del sucio vestuario, un lazo.
Con fuertes nudos se asegura a su diámetro.
Despacio se le desliza hacia el fondo
para ser ascendida
luego que se consiga el propósito.
Distancia mayor a la calculada,
con la extensión del brazo no basta.
Una plegaria al viento que reduzca su canto mudo.
Que el silbido sea susurro.
Que se escuche el murmullo del chapoteo
antes que toque fondo.
Prisionero del sonido ausente…
la penumbra devora restos del sol
ahogado entre las árboles.
Brochazo rápido , exhala la brisa, trabajo concluido.
EL manto de la noche cobija todo con polvo cenizo.
Crujen las ramas,
aire frío que arranca tiritonas hojas
escapando muy lejos con ellas.
La manija cubierta de óxido
incrédula de deseos hace de ancla
el extremo de un brazo.
Una vez mas testigo de los eslabones de cuerdas
sumados al umbilical.
Con intermitentes quejidos ha avisado que jubiló sus días;
quebrándose y precipitando
junto a la moneda , cuerda y dueño.
Que es un eco de un grito
alejándose hacia un oscuro vacío.
La luna nueva, sin reproches del plebeyo.
Tierra antropófaga.
Sangre ya no calientas menos fuera de las venas.
Aunque la añoranza no claudica,
hay una curiosa armonía
que empapela la cripta casual
sobre hemoglobina gélida vertida.
con el sudor y grasa corporal
forman una fina película
que aísla de las miradas curiosas, de la prisa ajena,
de conciencias saturadas y también de frías madrugadas.
Fatigado por las huellas,
el camino, se tuerce adolorido;
sediento se despoja de sus prendas,
tabiques de rocas alineadas…
pulidas algunas mas desgastadas…
que albergan algunas monedas insoladas.
Se arrastra polvoriento hasta los pies de un pozo.
Precaria construcción pétrea
tímida asoma a menos de un metro de la tierra
y adosado retoza un torcido madero,
próximo a éste
una manivela oxidada cuelga
de la trenza de soga.
Bolsillos sin fondo
y el hambre que habita en las vísceras.
Hilvanes mascados por el calzado
se ocultan tras cortinas de un abrigo remendado
arrastrado al paso.
Calles resuenan al tropel,
bullicio y sequías de caridades;
se hace obligado pedirlas en las afueras,
por el viejo camino
Carruaje raudo, embiste ;
condiciona a tropezar
al caminante que desequilibrado
coincida con alguna pieza moldeada en oro
incrustada entre las grietas.
Tesoro en mano
la avaricia solicita un trago gratuito
del pozo abandonado.
La codicia recuerda leyendas fantásticas
de anhelos concedidos
por un mínimo pago
sin tocar ni una gota de agua.
Alrededor del metal precioso se improvisa
con finos hilos ,
arrancados del sucio vestuario, un lazo.
Con fuertes nudos se asegura a su diámetro.
Despacio se le desliza hacia el fondo
para ser ascendida
luego que se consiga el propósito.
Distancia mayor a la calculada,
con la extensión del brazo no basta.
Una plegaria al viento que reduzca su canto mudo.
Que el silbido sea susurro.
Que se escuche el murmullo del chapoteo
antes que toque fondo.
Prisionero del sonido ausente…
la penumbra devora restos del sol
ahogado entre las árboles.
Brochazo rápido , exhala la brisa, trabajo concluido.
EL manto de la noche cobija todo con polvo cenizo.
Crujen las ramas,
aire frío que arranca tiritonas hojas
escapando muy lejos con ellas.
La manija cubierta de óxido
incrédula de deseos hace de ancla
el extremo de un brazo.
Una vez mas testigo de los eslabones de cuerdas
sumados al umbilical.
Con intermitentes quejidos ha avisado que jubiló sus días;
quebrándose y precipitando
junto a la moneda , cuerda y dueño.
Que es un eco de un grito
alejándose hacia un oscuro vacío.
La luna nueva, sin reproches del plebeyo.
Tierra antropófaga.
Sangre ya no calientas menos fuera de las venas.
Aunque la añoranza no claudica,
hay una curiosa armonía
que empapela la cripta casual
sobre hemoglobina gélida vertida.
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