El veneno que corre por mis venas está haciendo estragos en mi cuerpo de amianto. La sediciosa mujer que me lo dio de beber - la muy vil - lo mezcló con vino espumoso de tierras francesas. Ahora, en un sopor onírico inmutable, aprecio cómo mi espíritu clama a voces estentóreas sobre mi facultad vegetativa. Para desgajarse del muerto resto en carne mancillada de morado tizne mortal. Mientras, observo en sueños a esa vieja bruja riendo, mientras copula la muy salvaje con un macho cabrío. Sólo espero, en fe de plenilunio, que el Eterno la castigue por semejante afrenta; ante la cual no puedo hacer otra cosa que soltar un efímero suspiro de trasnochada tragedia en ciernes. Pero, para mi desgracia, no se abren las puertas de laurel enramado del estrellado cielo bienaventurado. Sino, la sima cruel que lleva al infierno de lava y azufre hirviendo. Por haber pervertido la santa fe de mi opaco ingenio cuando aún la creía casta y pura.