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El Veneno

Edouard

Poeta adicto al portal
El veneno que corre por mis venas está haciendo estragos en mi cuerpo de amianto. La sediciosa mujer que me lo dio de beber - la muy vil - lo mezcló con vino espumoso de tierras francesas. Ahora, en un sopor onírico inmutable, aprecio cómo mi espíritu clama a voces estentóreas sobre mi facultad vegetativa. Para desgajarse del muerto resto en carne mancillada de morado tizne mortal. Mientras, observo en sueños a esa vieja bruja riendo, mientras copula la muy salvaje con un macho cabrío. Sólo espero, en fe de plenilunio, que el Eterno la castigue por semejante afrenta; ante la cual no puedo hacer otra cosa que soltar un efímero suspiro de trasnochada tragedia en ciernes. Pero, para mi desgracia, no se abren las puertas de laurel enramado del estrellado cielo bienaventurado. Sino, la sima cruel que lleva al infierno de lava y azufre hirviendo. Por haber pervertido la santa fe de mi opaco ingenio cuando aún la creía casta y pura.
 
homo-adictus, aquel ser envenenado por una cruel mujer, próxima en sus rasgos faciales a una horrenda bacante, se estaba consumiendo en espíritu dentro de un cuerpo muerto ya por los efectos narcóticos del ponzoñoso elixir de vino manipulado. Sólo sabía que su esencia se desgajaría de su sentido común - amoroso pliegue de apego por la vida - mediante el rezo quejumbroso hacia el Altísimo. Pidiendo venganza por las manipulaciones que la fatal fémina había ocultado a su ingenuo juicio. Pero, una vez que su substancia se desapegó de su cubil material, cayó en el error de creerse digno de entrar en el paraíso encumbrado de honores hacia las almas puras y bellas. Él, que sería arrojado a las llamas cavernosas de un soterrado mundo por haber pervertido de odio su genio; cuyas consecuencias serían la de apagar el brillo candoroso de su beatífica fe. Atentamente Edouard.
 
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