Kwisatz
Poeta asiduo al portal
EL VERDUGO INCONSCIENTE
A menudo no somos conscientes, o no queremos serlo, de que la realidad que vivimos día a día es hija de nuestros actos.
Cuando tenemos conocmiento de las muchas tragedias humanitarias que asolan al mundo a través de los medios de comunicación nos indignamos y nos entristecemos. Maldecimos a los gobiernos, a las multinacionales, a los bancos y nos asalta una sensación de impotencia y rabia por creernos incapaces de hacer algo para remediar tan catastrófica situación.
Afortunadamente ante tanta conciencia sucia en los últimos tiempos han proliferado Organizaciones No Gubernamentales sin ánimo de lucro (ONGs) dedicándose a altruistas proyectos de toda índole para apagar las llamas de nuestros infiernos personales.
No es la intención de éste que escribe atacar a dichas organizaciones, cuya labor es loable y por desgracia muy necesaria.
Sin embargo no son más que un parche que no ataja ni por asomo los problemas reales. Es la limosna que ha inventado el Sistema para mantener una apariencia de hipócrita humanidad.
El papel de las ONGs es comparable al del esforzado marinero intentando evitar el naufragio de un barco achicando agua con un cubo cuando hay una inmensa brecha en el casco.
Es una forma gráfica de ejemplificar los desequilibrios en las relaciones comerciales internacionales. Porque es ahí donde radica el origen de la pobreza y todos sus derivados. Y nosotros, los ciudadanos del denominado primer mundo, somos los responsables en última instancia del mismo.
Ni festivales de música solidaria, ni maratones contra la pobreza, ni bonitas campañas de ayuda al tercer mundo apadrinadas por caras famosas y así un infinito número de gestos de cara a la galería. Pregúntese ¿Se ha interesado alguna vez por saber cómo y en qué condiciones se produce lo que compra? ¿Ha valorado alguna vez un producto más allá del precio o lo conveniente que resulte para sus intereses particulares? ¿Se preocupa de exigir a las compañías que le sirven sus productos o servicios que sean responsables con los derechos humanos, los derechos del trabajador y el trato al medio ambiente? ¿Sería capaz de anteponer estos valores por encima de sus apetencias personales a la hora de realizar una compra?
Estas preguntas se responden por si solas. Basta con analizar nuestro comportamiento de compra cotidiano para darnos cuenta de que no.
Si no somos autoexigentes en estas cuestiones no estamos moralmente autorizados para exigir nada a nuestros gobiernos, a las multinacionales o a los bancos, porque estos no son más que un reflejo de la sociedad que hemos creado.
A lo único que tenemos derecho, en todo caso, es a reclamar información transparente y detallada sobre las compañías a las que compramos y los productos que consumimos, para así poder ejercer nuestra responsabilidad personal de forma totalmente consciente.
Porque sí, nosotros somos verdugos, verdugos inconscientes. No alcanzamos a entender en toda su profundidad el enorme poder que reside en el mero gesto de consumir.
Cada vez que favorecemos con nuestras compras a alguna de las empresas que explotan y se aprovechan de los seres humanos y los recursos de los países más desfavorecidos estamos condenándolos.
Y no sólo a ellos. También nosotros nos estamos poniendo la soga al cuello con estas conductas. La precarización de la vida y las condiciones laborales en las sociedades del primer mundo tienen el mismo origen dado que vivimos en un mundo globalizado donde todo está interconectado y fluye el dinero.
Basta pues de limosnas y de parches para aliviar conciencias. Coherencia y responsabilidad.
A menudo no somos conscientes, o no queremos serlo, de que la realidad que vivimos día a día es hija de nuestros actos.
Cuando tenemos conocmiento de las muchas tragedias humanitarias que asolan al mundo a través de los medios de comunicación nos indignamos y nos entristecemos. Maldecimos a los gobiernos, a las multinacionales, a los bancos y nos asalta una sensación de impotencia y rabia por creernos incapaces de hacer algo para remediar tan catastrófica situación.
Afortunadamente ante tanta conciencia sucia en los últimos tiempos han proliferado Organizaciones No Gubernamentales sin ánimo de lucro (ONGs) dedicándose a altruistas proyectos de toda índole para apagar las llamas de nuestros infiernos personales.
No es la intención de éste que escribe atacar a dichas organizaciones, cuya labor es loable y por desgracia muy necesaria.
Sin embargo no son más que un parche que no ataja ni por asomo los problemas reales. Es la limosna que ha inventado el Sistema para mantener una apariencia de hipócrita humanidad.
El papel de las ONGs es comparable al del esforzado marinero intentando evitar el naufragio de un barco achicando agua con un cubo cuando hay una inmensa brecha en el casco.
Es una forma gráfica de ejemplificar los desequilibrios en las relaciones comerciales internacionales. Porque es ahí donde radica el origen de la pobreza y todos sus derivados. Y nosotros, los ciudadanos del denominado primer mundo, somos los responsables en última instancia del mismo.
Ni festivales de música solidaria, ni maratones contra la pobreza, ni bonitas campañas de ayuda al tercer mundo apadrinadas por caras famosas y así un infinito número de gestos de cara a la galería. Pregúntese ¿Se ha interesado alguna vez por saber cómo y en qué condiciones se produce lo que compra? ¿Ha valorado alguna vez un producto más allá del precio o lo conveniente que resulte para sus intereses particulares? ¿Se preocupa de exigir a las compañías que le sirven sus productos o servicios que sean responsables con los derechos humanos, los derechos del trabajador y el trato al medio ambiente? ¿Sería capaz de anteponer estos valores por encima de sus apetencias personales a la hora de realizar una compra?
Estas preguntas se responden por si solas. Basta con analizar nuestro comportamiento de compra cotidiano para darnos cuenta de que no.
Si no somos autoexigentes en estas cuestiones no estamos moralmente autorizados para exigir nada a nuestros gobiernos, a las multinacionales o a los bancos, porque estos no son más que un reflejo de la sociedad que hemos creado.
A lo único que tenemos derecho, en todo caso, es a reclamar información transparente y detallada sobre las compañías a las que compramos y los productos que consumimos, para así poder ejercer nuestra responsabilidad personal de forma totalmente consciente.
Porque sí, nosotros somos verdugos, verdugos inconscientes. No alcanzamos a entender en toda su profundidad el enorme poder que reside en el mero gesto de consumir.
Cada vez que favorecemos con nuestras compras a alguna de las empresas que explotan y se aprovechan de los seres humanos y los recursos de los países más desfavorecidos estamos condenándolos.
Y no sólo a ellos. También nosotros nos estamos poniendo la soga al cuello con estas conductas. La precarización de la vida y las condiciones laborales en las sociedades del primer mundo tienen el mismo origen dado que vivimos en un mundo globalizado donde todo está interconectado y fluye el dinero.
Basta pues de limosnas y de parches para aliviar conciencias. Coherencia y responsabilidad.