Aquel viejo alquimista,de tez pálida y arrugada en severo semblante,manipulaba sus demoníacos artilugios hasta altas horas de la trasnochada madrugada.Como un iracundo mandril se afanaba en trasmutar el vil plomo en dorada gema de aurora gloriosa.Pero sus intentos de herético cristiano no daban fruto.Así que decidió,berreando como un loco,salir,ya de mañana en espectral sol naciente,a la primera biblioteca que se ufanase de poseer los más antiguos y caros libros de magia negra.Tal era su desesperación de témpano de hielo,que se llevó uno de esos malhadados libros a su cuarto menguante.Se pasaba el muy vil proyectando contra su sombra cánticos obscuros que le propiciasen la realización y gloria de la Gran Obra.Pero no lo conseguía.Entonces,cuando picaron en un reloj de ébano las dos de la madrugada,lanzó el malhadado libro a la chimenea de ardiente fuego crepuscular,mientras él,el viejo y chiflado alquimista se cortaba las venas en busca de la redentora y loca noche de violácea muerte.