En la lumbre de los clamores el noble aristócrata echa cartas firmadas con puño y letra del augusto monarca. Su ira sin parangón no tiene fin. Su esposa se le acerca y le acaricia mansa su cabellera dorada y rizada en bravos bucles de austero y romántico guerrero. Pero él, enojado, la aparta de su lado. Es entonces cuando - en mitad de la noche- se escucha a las puertas del salón el golpe monótono de algún puño de sirviente ladrón amedrentado. Va el viril hombre a abrir y he ahí la fantasmagórica imagen espectral de un regicida. Del susto, nuestro valiente paladín guerrero deja caer la palmatoria con fina tea encendida. Y tartamudeando le dice si ha matado de veras al rey. Pero no obtiene respuesta. Como un espantajo permanece mudo y quieto el asesino. Entonces, la mujer se acerca y toca con mano candente al enigmático visitante. Y éste se desvanece en una polvareda de arremolinado viento cargado de viles perjurios.