esthergranados
Poeta adicto al portal
Esa mañana despertó con la misma sensación de desconcierto que la asaltaba cada vez más a menudo últimamente. Llevaba una temporada durmiendo mal. Tenía una pesadilla que la inquietaba y despertaba confusa, cuando no llorando desconsoladamente. Se repetía a menudo: se veía a sí misma caminando por un bosque cubierto de hojas, la tarde gris, los árboles casi desnudos bordeando el sendero sinuoso que llevaba hasta el mar. A lo lejos, al borde del acantilado, él. Siempre él. El único él que había en su vida. Se estremecía al verle y avanzaba despacio, saboreando los minutos que los separaban, prolongando la espera que la llevaba hasta su cuerpo. Cuando por fin lo alcanzaba se refugiaba entre sus brazos y hundía la cabeza en su cuello aspirando ese olor conocido que la trastornaba. Dentro de ellos se desataba un torbellino delirante, una tormenta de emociones que estallaba en ambos al mismo tiempo: la necesidad urgente de la otra piel, de su tacto, de su caricia...Pero de pronto el mar se enfurecía y un golpe de sus aguas la separaba de su abrazo, y otra vez volvía el frío y el dolor por su ausencia. Entonces despertaba, se sentaba de un salto en la cama y se ponía la mano sobre el corazón, temblando, mientras tomaba conciencia de dónde estaba, mientras miraba a su marido durmiendo a su lado, ajeno a su desconsuelo, mientras se daba cuenta de que las manos que hace un momento la acariciaban estaban lejos de ella, en otro sitio, en otra cama, con otra mujer. Tenía ganas de gritar de impotencia por no haber sido capaz de arrinconar su recuerdo, por haber creído que más de media vida sin él bastaba para olvidarle, por comprobar que para su desgracia, él seguía estando allí: en su pasado, en el presente, en el futuro.