poetakabik
Poeta veterano en el portal
No estoy solo: camino con mi sombra,
hablo con el rumor de mis recuerdos,
y en el silencio que mi ser me nombra
renazco, entre mis pasos y mis miedos.
El viento me confiesa lo que calla,
el agua me devuelve lo que olvido,
y en cada ocaso el alma se desmaya
para dormir en su rincón querido.
He hecho mi paz con todo lo que fui,
con cada error, con cada herida vieja;
ya no me duele el tiempo, ni el “aquí”,
ni aquel amor que en lágrimas se aleja.
Soy tierra quieta, soy raíz y centro,
la voz que sin hablar se reconoce,
la puerta que se abre hacia adentro,
donde el dolor se aquieta y no se conoce.
Quien teme a la soledad, no se ha mirado;
quien huye de su sombra, no ha vivido.
Solo el que escucha su interior callado
sabe que el mundo habita en su latido.
En mí reposa el cielo y la tormenta,
la duda, el eco, el mar, la certidumbre;
mi mente ya no grita: se alimenta
del soplo puro de la mansedumbre.
Y así camino —lento, sin destino—,
dejando el silencio que me aconseja,
ya no persigo el oro ni el camino,
soy lo que queda cuando el alma deja.
La soledad no hiere: es maestra,
forja del ser, raíz del pensamiento;
quien la transforma en calma, nos da muestra
de su destino y de su fundamento.
Por eso, cuando el mundo se disuelva,
cuando la noche apague lo que quiera,
seguiré siendo el mismo: aquel que observa,
amigo de su sombra y de su espera.
hablo con el rumor de mis recuerdos,
y en el silencio que mi ser me nombra
renazco, entre mis pasos y mis miedos.
El viento me confiesa lo que calla,
el agua me devuelve lo que olvido,
y en cada ocaso el alma se desmaya
para dormir en su rincón querido.
He hecho mi paz con todo lo que fui,
con cada error, con cada herida vieja;
ya no me duele el tiempo, ni el “aquí”,
ni aquel amor que en lágrimas se aleja.
Soy tierra quieta, soy raíz y centro,
la voz que sin hablar se reconoce,
la puerta que se abre hacia adentro,
donde el dolor se aquieta y no se conoce.
Quien teme a la soledad, no se ha mirado;
quien huye de su sombra, no ha vivido.
Solo el que escucha su interior callado
sabe que el mundo habita en su latido.
En mí reposa el cielo y la tormenta,
la duda, el eco, el mar, la certidumbre;
mi mente ya no grita: se alimenta
del soplo puro de la mansedumbre.
Y así camino —lento, sin destino—,
dejando el silencio que me aconseja,
ya no persigo el oro ni el camino,
soy lo que queda cuando el alma deja.
La soledad no hiere: es maestra,
forja del ser, raíz del pensamiento;
quien la transforma en calma, nos da muestra
de su destino y de su fundamento.
Por eso, cuando el mundo se disuelva,
cuando la noche apague lo que quiera,
seguiré siendo el mismo: aquel que observa,
amigo de su sombra y de su espera.