Tú y yo somos
eternamente cómplices,
nos llevamos tatuados
de veinte mil labios,
grabada tu boca en la mía
e imborrable mi pecho en tu vida;
somos un todo indivisible,
una rama de un árbol de un otoño
sombrío y nostálgico,
pequeña constelación de sexos incautados
por el recuerdo infame,
dos poderes inapelables
en un reino surtidor de quimeras distantes,
kilométricamente atados;
encendidos como una selva
nos estamos depredando
estas ganas irreverentes
y por debajo de la mesa del tiempo
nuestras manos confundiendo al universo,
oh, pequeña mujer
derramada en planetas
y soles vírgenes,
devastada como la tierra,
enamorada como la aurora;
se te nota el amor en los ojos
antes de partir,
Monalisa de mi arte de amarte
y dejarte ir