Hijo de un hombre elegante: camisa blanca, saco negro, pantalones negros, zapatos tan brillantes que el sol parecía tenerle envidia.
Madre sumisa, temerosa, sufrida.
Padre dueño de imperios y de secretos oscuros.
Yo, un niño criado con mano dura, con miedo tatuado en cada costilla. No jugaba con las niñas, porque recibía un puño si lo intentaba. Un hombre perdido en alcohol, drogas y mujeres, arrastrando consigo otros cuerpos. Sus vicios eran su corona; su doble moral, su escudo. Ante el mundo, impecable, admirado. Ante mí, podrido, vacío.
Me tocaba, me torturaba. Juegos perversos convertían mis días en pesadillas. Mis manos eran prisioneras; mi boca, tapada por almohadas; mis ojos, inundados de llanto. No podía moverme. Solo debía aguantar hasta que él se saciara. Mis lágrimas le excitaban. Decir “no” o mostrar miedo solo intensificaba su placer.
Intenté denunciar, pero la justicia tenía precio. Dinero que tapa horrores, que compra silencios, que convierte monstruos en “respetables ciudadanos”.
Ahora soy adulto. Soy “seropositivo”. Mi infancia, robada. Los daños, invisibles para quienes miran solo las apariencias. Él, el abusador, sigue siendo respetado, intocable ante el mundo que ignora su escoria. Mientras tanto, yo, su víctima, cargo las cicatrices que la sociedad prefiere no ver.
La desigualdad protege a los poderosos, el dinero valida la maldad, y la impunidad abraza a los monstruos mientras los vulnerables quedan atrapados en la sombra de la injusticia.
Esto no es un relato de perdón, ni de redención. Es un grito: el abuso existe, el poder corrompe, la justicia falla. Y la sociedad sigue mirando hacia otro lado.
-DIOR
Madre sumisa, temerosa, sufrida.
Padre dueño de imperios y de secretos oscuros.
Yo, un niño criado con mano dura, con miedo tatuado en cada costilla. No jugaba con las niñas, porque recibía un puño si lo intentaba. Un hombre perdido en alcohol, drogas y mujeres, arrastrando consigo otros cuerpos. Sus vicios eran su corona; su doble moral, su escudo. Ante el mundo, impecable, admirado. Ante mí, podrido, vacío.
Me tocaba, me torturaba. Juegos perversos convertían mis días en pesadillas. Mis manos eran prisioneras; mi boca, tapada por almohadas; mis ojos, inundados de llanto. No podía moverme. Solo debía aguantar hasta que él se saciara. Mis lágrimas le excitaban. Decir “no” o mostrar miedo solo intensificaba su placer.
Intenté denunciar, pero la justicia tenía precio. Dinero que tapa horrores, que compra silencios, que convierte monstruos en “respetables ciudadanos”.
Ahora soy adulto. Soy “seropositivo”. Mi infancia, robada. Los daños, invisibles para quienes miran solo las apariencias. Él, el abusador, sigue siendo respetado, intocable ante el mundo que ignora su escoria. Mientras tanto, yo, su víctima, cargo las cicatrices que la sociedad prefiere no ver.
La desigualdad protege a los poderosos, el dinero valida la maldad, y la impunidad abraza a los monstruos mientras los vulnerables quedan atrapados en la sombra de la injusticia.
Esto no es un relato de perdón, ni de redención. Es un grito: el abuso existe, el poder corrompe, la justicia falla. Y la sociedad sigue mirando hacia otro lado.
-DIOR