Ella nos ama

Teo Moran

Poeta fiel al portal
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Quiso dar vida al poeta en su corazón,
dar rienda suelta al alma enmarañada,
ver en sus palabras al cauce del río,
a los almendros granados en el verano,
a las amapolas con su bermejo color,
a las golondrinas negras en su vuelo
y al hombre con sus labios en flor…
El poeta plagió las formas del paisaje,
dibujó mares de trigo en el horizonte,
abalorios de zarzamoras bajo el puente,
y con su pluma tintó al bello amor
con la roja sangre que hierve en la calle
que silenciosa bajo las farolas se estremece.
¡Pero sé amor mío que también amas
la carne que marcada sufre en silencio!
Al depositario de los huesos quebrados,
el fruto de nuestros hijos inacabados
que gestamos perfectos en otros mundos,
a los peces nadando a contracorriente,
a los chopos que verdean a la ribera del río
mientras desnudos hacemos el amor.
¡Pero sé que te amo sin medida
en la planicie de una dulce constelación!
Hay días, mi amada, que enmudezco al poeta
en las entrañas de mi deshabitada piel,
y hay momentos que el hombre se descompone
ante el batir inalcanzable de los buitres
mientras enciende hogueras sin lumbre,
gaviotas cercenadas sobre el acantilado
que vuelan libres cerca del lecho del mar,
mas mi amor, ellas también verdean
en el verso que dentro de mi habita,
en la singularidad de un mundo dentro de otro,
en el roce de dos almas que se buscan
en la línea delgada de dos planetas,
que atraídos orbitan alrededor del amor
al amparo de unas plataneras bajo el sol…
¡Y sé que amas al poeta que escribe versos
y también la piel arrugada del hombre!
Sé que hay días, mi amada, que los amas,
mas otros, bien sé que quieres matarme.
¡Y tampoco sé como decirte mi golondrina
que sin ti las letras se descomponen
y el campo en flor suspira y muere!
Hoy te pido que ames al poeta y al hombre,
que en la sobriedad del cauce del río
los chopos sean testigos de nuestros pasos,
que aquellas moteadas cimas den cobijo
a las alargadas siluetas de los buitres,
y en medio del cielo, una solitaria nube,
esbozará con su fino pincel nuestras almas,
mientras el poeta y el hombre se hacen uno
y juntos, dentro del abalorio de la piel,
sentado te esperaré a la sombra del cerezo
porque como siempre mi amor llegarás tarde.
 

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