¿Quién sabrá de nosotros compañera?
¿Quién sabrá de aquel otoño
en que jugamos a buscarnos
y a esperarnos,
a probar nuestra luz en el desierto?
Yo era inventor de caramelos,
tenía un traje de piel
bajo el espanto, sordo,
del inmenso misterio.
Tu eras la sierra
cabalgando en el sueño matutino
del abrazo latente.
Eras el mundo de mis intentos.
Eras la tinta.
Parece que te viera
bailando y contemplando alguna nota.
Tu fuiste la silueta dibujada
en la eterna leyenda,
que nos trajo sin riendas,
aleteando hasta el borde
de este mágico salto.
Eras niña del alma perfumada,
traías al Polonio en el aliento.
Toda torrente eras.
Toda faro y viento.
Yo era un marino sin barco en alta mar.
Nada más quería
que dar la vida por tus labios ciertos.
Tu eras la madera
de aquel encuentro náufrago.
Eras la paz de los instantes turbulentos.
Nadie más supo de tu risa,
ni de tus pasos en el aire,
ni de las alas de tu verbo.
¿Cómo olvidarte?
Sabia reina del vuelo.
Llegaste con un altar bajo la huella,
y con esa mariposa
con la que miras el tiempo
gritaste ¡Libertad!
Deslumbrando mi cielo
que tuyo fue por siempre
en ese heroico paso.
Tu acento es la vanguardia
de mis versos estrechos.
¿Quién sabrá de nosotros?
Mi pequeña gigante del cabo de las luces.
Ahora que el verso se ha hecho rima
en nuestras manos.
Ahora que el viento es nuestro suelo
y nuestra entrega.
Ahora que somos sin saber
lo que inventamos.
¿Quién sabrá de nosotros compañera?
¿Quién sabrá de aquel otoño
en que jugamos a buscarnos
y a esperarnos,
a probar nuestra luz en el desierto?
Yo era inventor de caramelos,
tenía un traje de piel
bajo el espanto, sordo,
del inmenso misterio.
Tu eras la sierra
cabalgando en el sueño matutino
del abrazo latente.
Eras el mundo de mis intentos.
Eras la tinta.
Parece que te viera
bailando y contemplando alguna nota.
Tu fuiste la silueta dibujada
en la eterna leyenda,
que nos trajo sin riendas,
aleteando hasta el borde
de este mágico salto.
Eras niña del alma perfumada,
traías al Polonio en el aliento.
Toda torrente eras.
Toda faro y viento.
Yo era un marino sin barco en alta mar.
Nada más quería
que dar la vida por tus labios ciertos.
Tu eras la madera
de aquel encuentro náufrago.
Eras la paz de los instantes turbulentos.
Nadie más supo de tu risa,
ni de tus pasos en el aire,
ni de las alas de tu verbo.
¿Cómo olvidarte?
Sabia reina del vuelo.
Llegaste con un altar bajo la huella,
y con esa mariposa
con la que miras el tiempo
gritaste ¡Libertad!
Deslumbrando mi cielo
que tuyo fue por siempre
en ese heroico paso.
Tu acento es la vanguardia
de mis versos estrechos.
¿Quién sabrá de nosotros?
Mi pequeña gigante del cabo de las luces.
Ahora que el verso se ha hecho rima
en nuestras manos.
Ahora que el viento es nuestro suelo
y nuestra entrega.
Ahora que somos sin saber
lo que inventamos.
¿Quién sabrá de nosotros compañera?
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