laTondocua
Poeta recién llegado
Bajaba con listones de colores satinados,
con trenzas largas sujetadas
a su cabello, acurrucadas en sus hombros.
Venía cargando leña descalza
para venderla en la iglesia
fantasmal de la sierra de Puebla.
Menos de treinta años y ya tenía cinco hijos.
Es hermosa, esa piel tostada por el sol
la convierte en la naturalidad de los
granos de café que caen como gotas
en todos lados, como esa leña que recoge,
que recoge en los ríos de su Cuetzalan.
Tan viva, no sabe qué significa parar de trabajar.
No entiende lo que es dormir en camas
y almohadas de plumas de quién sabe que ave
muerta.
Es tan bella, es un retrato de su tierra.
Es tan bella aun con esas heridas en
sus codos arañados.
MARINA.
Ella lava ropa ajena,
y se va a las orillas
del mar virgen cerca del Coacoyul.
Cerca de la playa larga,
se va descalza a recoger
y pescar lo que el mar le da.
Morena, el pelo casi claro
de las asoleadas veces que hace
trencitas con los turistas que a veces
la miran con ternura, a veces con pena,
a veces con desprecio.
No importa, sigue caminando,
sintiendo el alambre de plásticos,
de las sandalias baratas
que la mayoría usa en el pueblo.
Su abuela le enseñó dónde conseguir
piedras para hacer collares de mil colores,
para venderlas.
Se viste bien,
se viste de gala para ir al pueblo,
con sus enaguas, con sus sandalias, con sus aretes.
Es alegre, no conoce la capital, a lo mejor se va para allá.
Tal vez la vea en alguna esquina de esa bestia capitalina,
con medias más corrientes que las enaguas y los aretes que antes
tenía puestos.
Sería fantástico verla de prostituta de nuevo.
NINFA.
con trenzas largas sujetadas
a su cabello, acurrucadas en sus hombros.
Venía cargando leña descalza
para venderla en la iglesia
fantasmal de la sierra de Puebla.
Menos de treinta años y ya tenía cinco hijos.
Es hermosa, esa piel tostada por el sol
la convierte en la naturalidad de los
granos de café que caen como gotas
en todos lados, como esa leña que recoge,
que recoge en los ríos de su Cuetzalan.
Tan viva, no sabe qué significa parar de trabajar.
No entiende lo que es dormir en camas
y almohadas de plumas de quién sabe que ave
muerta.
Es tan bella, es un retrato de su tierra.
Es tan bella aun con esas heridas en
sus codos arañados.
MARINA.
Ella lava ropa ajena,
y se va a las orillas
del mar virgen cerca del Coacoyul.
Cerca de la playa larga,
se va descalza a recoger
y pescar lo que el mar le da.
Morena, el pelo casi claro
de las asoleadas veces que hace
trencitas con los turistas que a veces
la miran con ternura, a veces con pena,
a veces con desprecio.
No importa, sigue caminando,
sintiendo el alambre de plásticos,
de las sandalias baratas
que la mayoría usa en el pueblo.
Su abuela le enseñó dónde conseguir
piedras para hacer collares de mil colores,
para venderlas.
Se viste bien,
se viste de gala para ir al pueblo,
con sus enaguas, con sus sandalias, con sus aretes.
Es alegre, no conoce la capital, a lo mejor se va para allá.
Tal vez la vea en alguna esquina de esa bestia capitalina,
con medias más corrientes que las enaguas y los aretes que antes
tenía puestos.
Sería fantástico verla de prostituta de nuevo.
NINFA.