Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ely
Acababa de llegar a la escuela. La niña nueva, así la decían sus compañeros. Es difícil ser nuevo en un centro donde los demás ya llevan conviviendo unos meses y una llega de pronto, así, como caída del cielo. No era una niña cerrada, ni poco comunicativa, siempre, en cada lugar donde había estado y habían sido muchos, terminaba por hacer amigos; buenos amigos. Pero allí parecía diferente, el resto de compañeros formaba un grupo y se mostraba huraño con quien venía de nuevo. Eso, no la iba a acobardar. Pintó en su cara la mejor de sus sonrisas y se acercó a los demás; sin embargo estos dieron la espantada, dejándola sola en mitad del patio. Bueno, mañana será, dijo para sí misma y se dispuso a esperar.
Pero los días pasaban y la situación no cambiaba. Por cualquier lado, sentía el rechazo de aquellos que estaban con ella en la clase, sin que pudiese explicarse el motivo de tal comportamiento. Ely, pues así se llamaba la niña, sentía en el alma esa forma de tratarla; por más vueltas que daba, no sabía qué hacer para conseguir ser aceptada. Ese disgusto, se acentuaba cada día y ese pesar se llevaba para casa. Allí, con su familia intentaba disimular y hacer ver que las cosas iban bien en la escuela, mas no se puede mantener el engaño por mucho tiempo y, además, las madres tienen un sexto sentido que les hace ver que algo no marcha como debe. De modo que tuvo que contar a su madre la situación que estaba viviendo en el colegio. Su madre, una mujer avispada, con mucho mundo, no organizó ninguna escena, ni fue a pedir explicaciones a los maestros, ni intentó sobreproteger a su hija. La cogió de la mano, la llevó hasta el despacho y la colocó delante de la librería. “Mira, Ely, un libro es un gran amigo; te acompañará siempre, te narrará historias, con él conocerás lugares y gentes maravillosas. Con un libro en las manos, nunca estarás sola”. Durante un buen rato estuvo paseando la mirada por los lomos de tantos libros como allí había. Al final se decidió por uno que le resultó atractivo: Cuentos y Narraciones Breves.
A la mañana siguiente, acompañada de su flamante libro, acudió a la escuela. Terminadas las clases, en el tiempo de descanso, se sentó en un rincón del patio y abrió su libro. Las páginas tenían preciosas ilustraciones y en cuanto comenzó a leer las historias, se encontró totalmente imbuida por la lectura y moviéndose por aquellos mundos de fantasía que los renglones le iban entregando. El tiempo de recreo se le pasó en un vuelo y no tuvo necesidad de acercarse a ninguno de sus condiscípulos, que sin embargo sí que se dieron cuenta del cambio de actitud, cosa que les llamó la atención. Aquel día, no tuvo nada que comentar a su madre, que sí percibió el cambio que en su hija se había producido.
Al otro día, cuando dieron fin las clases y llegó el tiempo de descanso, se fue al rincón en el que había estado la mañana anterior y se puso a leer. No llevaba mucho tiempo cuando Juanín, el más pequeño de la clase, se acercó a ella y le preguntó: “¿Qué haces?”
“Leer cuentos” respondió Ely. “¿Y son entretenidos?” insistió Juanín . “¿Quieres que te los lea?”, preguntó Ely. Y Juanín asintió con la cabeza. La magia de la lectura llegó de la voz de Ely, que leía pausada y marcadamente las líneas de su libro: “Por el Camino Antiguo se encaminaron una mañana Timmy y John…” El hechizo de la lectura pronto encandiló a Juanín, que en todo el tiempo del recreo no se movió del lado de Ely.
La siguiente mañana se repitió la historia y al salir de clase, Juanín, acompañado de su hermana Laura, esperaban a Ely para que les leyera un cuento. “Es que dice mi hermano que tienes un libro de cuentos muy bonito y que lees muy bien” dijo Laura y aquello bastó para que tomase asiento a su lado y se dispusiese a escuchar. “¿Qué cuentos te gustan?” preguntó Ely. “¡Oh, todos, los de hadas, de dragones, de caballeros…!” contestó Laura. Y la lectura comenzó: “Aniel vive en el Molino de Piedra, a las afueras del pueblo…” Al terminar la lectura, varios niños más de la escuela se habían agregado al grupo. Todos parecían entusiasmados, el tiempo se pasaba rápidamente y aquellas historias que leía Ely, les hablaban de otras tierras y de maravillas que pasaban por el mundo.
Esperaban impacientes la siguiente mañana el tiempo de recreo, para escuchar aquellas aventuras que Ely leía con tanto cuidado y con tanta dulzura. Toda la clase se arremolinó en derredor de la niña nueva para escuchar otro de aquellos relatos tan interesantes. Tomando el libro con cuidado entre sus manos, la pequeña leyó: “En el primer claro del bosque, después de pasar el puente de piedra…”
Su madre tenía razón. Mucha razón. Con un libro, nunca estarás sola.
Acababa de llegar a la escuela. La niña nueva, así la decían sus compañeros. Es difícil ser nuevo en un centro donde los demás ya llevan conviviendo unos meses y una llega de pronto, así, como caída del cielo. No era una niña cerrada, ni poco comunicativa, siempre, en cada lugar donde había estado y habían sido muchos, terminaba por hacer amigos; buenos amigos. Pero allí parecía diferente, el resto de compañeros formaba un grupo y se mostraba huraño con quien venía de nuevo. Eso, no la iba a acobardar. Pintó en su cara la mejor de sus sonrisas y se acercó a los demás; sin embargo estos dieron la espantada, dejándola sola en mitad del patio. Bueno, mañana será, dijo para sí misma y se dispuso a esperar.
Pero los días pasaban y la situación no cambiaba. Por cualquier lado, sentía el rechazo de aquellos que estaban con ella en la clase, sin que pudiese explicarse el motivo de tal comportamiento. Ely, pues así se llamaba la niña, sentía en el alma esa forma de tratarla; por más vueltas que daba, no sabía qué hacer para conseguir ser aceptada. Ese disgusto, se acentuaba cada día y ese pesar se llevaba para casa. Allí, con su familia intentaba disimular y hacer ver que las cosas iban bien en la escuela, mas no se puede mantener el engaño por mucho tiempo y, además, las madres tienen un sexto sentido que les hace ver que algo no marcha como debe. De modo que tuvo que contar a su madre la situación que estaba viviendo en el colegio. Su madre, una mujer avispada, con mucho mundo, no organizó ninguna escena, ni fue a pedir explicaciones a los maestros, ni intentó sobreproteger a su hija. La cogió de la mano, la llevó hasta el despacho y la colocó delante de la librería. “Mira, Ely, un libro es un gran amigo; te acompañará siempre, te narrará historias, con él conocerás lugares y gentes maravillosas. Con un libro en las manos, nunca estarás sola”. Durante un buen rato estuvo paseando la mirada por los lomos de tantos libros como allí había. Al final se decidió por uno que le resultó atractivo: Cuentos y Narraciones Breves.
A la mañana siguiente, acompañada de su flamante libro, acudió a la escuela. Terminadas las clases, en el tiempo de descanso, se sentó en un rincón del patio y abrió su libro. Las páginas tenían preciosas ilustraciones y en cuanto comenzó a leer las historias, se encontró totalmente imbuida por la lectura y moviéndose por aquellos mundos de fantasía que los renglones le iban entregando. El tiempo de recreo se le pasó en un vuelo y no tuvo necesidad de acercarse a ninguno de sus condiscípulos, que sin embargo sí que se dieron cuenta del cambio de actitud, cosa que les llamó la atención. Aquel día, no tuvo nada que comentar a su madre, que sí percibió el cambio que en su hija se había producido.
Al otro día, cuando dieron fin las clases y llegó el tiempo de descanso, se fue al rincón en el que había estado la mañana anterior y se puso a leer. No llevaba mucho tiempo cuando Juanín, el más pequeño de la clase, se acercó a ella y le preguntó: “¿Qué haces?”
“Leer cuentos” respondió Ely. “¿Y son entretenidos?” insistió Juanín . “¿Quieres que te los lea?”, preguntó Ely. Y Juanín asintió con la cabeza. La magia de la lectura llegó de la voz de Ely, que leía pausada y marcadamente las líneas de su libro: “Por el Camino Antiguo se encaminaron una mañana Timmy y John…” El hechizo de la lectura pronto encandiló a Juanín, que en todo el tiempo del recreo no se movió del lado de Ely.
La siguiente mañana se repitió la historia y al salir de clase, Juanín, acompañado de su hermana Laura, esperaban a Ely para que les leyera un cuento. “Es que dice mi hermano que tienes un libro de cuentos muy bonito y que lees muy bien” dijo Laura y aquello bastó para que tomase asiento a su lado y se dispusiese a escuchar. “¿Qué cuentos te gustan?” preguntó Ely. “¡Oh, todos, los de hadas, de dragones, de caballeros…!” contestó Laura. Y la lectura comenzó: “Aniel vive en el Molino de Piedra, a las afueras del pueblo…” Al terminar la lectura, varios niños más de la escuela se habían agregado al grupo. Todos parecían entusiasmados, el tiempo se pasaba rápidamente y aquellas historias que leía Ely, les hablaban de otras tierras y de maravillas que pasaban por el mundo.
Esperaban impacientes la siguiente mañana el tiempo de recreo, para escuchar aquellas aventuras que Ely leía con tanto cuidado y con tanta dulzura. Toda la clase se arremolinó en derredor de la niña nueva para escuchar otro de aquellos relatos tan interesantes. Tomando el libro con cuidado entre sus manos, la pequeña leyó: “En el primer claro del bosque, después de pasar el puente de piedra…”
Su madre tenía razón. Mucha razón. Con un libro, nunca estarás sola.