César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Está en el andén de las esperas. Ceñudo. Con esa sensación incómoda que nace desde algún sitio imposible de ubicar entre el corazón y el estómago. Vértigo entremezclado con ansias. Algunos le dicen "mariposas" pero no son tales... Quizás grillos saltando implacables en danzas eternas de largas extremidades, bosque verde.
Quiere irse pero matará por no hacerlo. Ella llegará en cualquier momento y entonces le sabrá la piel. Le sabrá de una vez por todas el color de los ojos y la textura del cabello. La boca fucsia de las fotografías y los labios turgentes. El alto exacto de su pequeña estatura. Le sabrá el tamaño de las caderas y senos. Disimuladamente intentará saberle la vista triangular de su entrepierna, la curva de sus muslos y la convexidad de sus nalgas... él es un hombre. Le sudan las manos y la respiración se le hace dificultosa, acelerada. Van y vienen personas con olores y colores variopintos, marea indiferente que zumba en los pasillos en tanto molesta a las retinas que esperan y fijan la mirada.
"Se informa el arribo del vuelo tal, proveniente de... ". Ha llegado. Él se toca el cabello para cerciorarse de que está bien peinado. Sus dedos le informan del mechón rebelde, negado a ser parte de un armonioso conjunto. Pasan minutos infernales. Con una mar agitada de alborozo inmenso y extrema zozobra la descubre entre las que llegan, los que hablan. Por última vez repasa los botones de su propia camisa, que estén bien ajustados, y que la bragueta del pantalón esté convenientemente cerrada (menudo bochorno vestir la mejor ropa que se tiene y andar con la bragueta abierta)... la camisa bien "metida", los zapatos limpios. Ya no se atreve a sacar el pequeño aerosol para el buen aliento (buscará luego una oportunidad para usarlo otra vez). Todo lo ha hecho en fracciones infinitesimales pero infinitas, de segundos.
Se han visto por fin, a la distancia de unos veinte metros, el uno al otro. Él exhala un hondo suspiro y camina, con sus acostumbrados pasos largos rápidos de cuando anda solo, a encontrarse con ella. Va a saberle la estatura, el color de los ojos, la sonrisa, la voz (sin teléfonos de por medio), la convexidad redondeada de sus nalgas y, disimuladamente, la vista triangular de su entrepierna.
Enero e imposibles, 2015. César Guevara.
Quiere irse pero matará por no hacerlo. Ella llegará en cualquier momento y entonces le sabrá la piel. Le sabrá de una vez por todas el color de los ojos y la textura del cabello. La boca fucsia de las fotografías y los labios turgentes. El alto exacto de su pequeña estatura. Le sabrá el tamaño de las caderas y senos. Disimuladamente intentará saberle la vista triangular de su entrepierna, la curva de sus muslos y la convexidad de sus nalgas... él es un hombre. Le sudan las manos y la respiración se le hace dificultosa, acelerada. Van y vienen personas con olores y colores variopintos, marea indiferente que zumba en los pasillos en tanto molesta a las retinas que esperan y fijan la mirada.
"Se informa el arribo del vuelo tal, proveniente de... ". Ha llegado. Él se toca el cabello para cerciorarse de que está bien peinado. Sus dedos le informan del mechón rebelde, negado a ser parte de un armonioso conjunto. Pasan minutos infernales. Con una mar agitada de alborozo inmenso y extrema zozobra la descubre entre las que llegan, los que hablan. Por última vez repasa los botones de su propia camisa, que estén bien ajustados, y que la bragueta del pantalón esté convenientemente cerrada (menudo bochorno vestir la mejor ropa que se tiene y andar con la bragueta abierta)... la camisa bien "metida", los zapatos limpios. Ya no se atreve a sacar el pequeño aerosol para el buen aliento (buscará luego una oportunidad para usarlo otra vez). Todo lo ha hecho en fracciones infinitesimales pero infinitas, de segundos.
Se han visto por fin, a la distancia de unos veinte metros, el uno al otro. Él exhala un hondo suspiro y camina, con sus acostumbrados pasos largos rápidos de cuando anda solo, a encontrarse con ella. Va a saberle la estatura, el color de los ojos, la sonrisa, la voz (sin teléfonos de por medio), la convexidad redondeada de sus nalgas y, disimuladamente, la vista triangular de su entrepierna.
Enero e imposibles, 2015. César Guevara.