Sommbras
Poeta adicto al portal
.
En el armario de los secretos
se habla de la historia de un amor
que huyó, dejando a un beso como hijo.
Carne inanimada capaz de un alma,
niño pasando el lápiz sobre páginas blancas,
tratando de encontrar una palabra, un verde, un naranja.
Él se desenvolvió bien, dicen,
en la escuela de la querencia,
luego creció y se hizo más fuerte.
Devolvió las migajas de cariño,
se dio cuenta de que lo difícil no era arrinconar,
que más espinoso era recordar sin que doliera.
Un día, sus labios rozaron la orilla de otra boca
y el mar cambió de lugar en su mundo.
Ir a la deriva con ella era anclarse a la vida.
Y entonces decidió remar hacía ella,
cerrar los ojos para no volver a equivocarse,
y sin importarle las consecuencias, declararle su amor.
Se quisieron tanto a ratos que les dolió todo el tiempo.
Ella bruja la llamaban,
él tenía el superpoder
de no saber nunca dónde estaba
ni lo que ella pensaba.
Su historia fue como la del Titanic,
ya se sabía cómo iba a terminar.
Le empezó a importar tan poco
que ni siquiera miraba en el WhatsApp
su última hora de conexión.
Ya no está ella en el fondo de ninguna botella.
Ahora sólo espera, asomado a la ventana,
con la esperanza puesta de que ella no vuelva.
No viene, mejor.
Azul y oro etéreo soñaba el niño mirando el cielo.
Pasó un avión dejando una estela igual al Titanic,
y ese día el hombre comprendió
que el mundo estaba nuevamente sumergido.
Hoy día se le ve ir tras los manantiales
mármoles, todo lo que brilla y arroyos,
también bajo árboles hasta muy tarde.
Por las noches cierra los ojos y sueña con ella.
A veces, incluso consigue dormirse.
...
..
.
Jesús Soriano
.
En el armario de los secretos
se habla de la historia de un amor
que huyó, dejando a un beso como hijo.
Carne inanimada capaz de un alma,
niño pasando el lápiz sobre páginas blancas,
tratando de encontrar una palabra, un verde, un naranja.
Él se desenvolvió bien, dicen,
en la escuela de la querencia,
luego creció y se hizo más fuerte.
Devolvió las migajas de cariño,
se dio cuenta de que lo difícil no era arrinconar,
que más espinoso era recordar sin que doliera.
Un día, sus labios rozaron la orilla de otra boca
y el mar cambió de lugar en su mundo.
Ir a la deriva con ella era anclarse a la vida.
Y entonces decidió remar hacía ella,
cerrar los ojos para no volver a equivocarse,
y sin importarle las consecuencias, declararle su amor.
Se quisieron tanto a ratos que les dolió todo el tiempo.
Ella bruja la llamaban,
él tenía el superpoder
de no saber nunca dónde estaba
ni lo que ella pensaba.
Su historia fue como la del Titanic,
ya se sabía cómo iba a terminar.
Le empezó a importar tan poco
que ni siquiera miraba en el WhatsApp
su última hora de conexión.
Ya no está ella en el fondo de ninguna botella.
Ahora sólo espera, asomado a la ventana,
con la esperanza puesta de que ella no vuelva.
No viene, mejor.
Azul y oro etéreo soñaba el niño mirando el cielo.
Pasó un avión dejando una estela igual al Titanic,
y ese día el hombre comprendió
que el mundo estaba nuevamente sumergido.
Hoy día se le ve ir tras los manantiales
mármoles, todo lo que brilla y arroyos,
también bajo árboles hasta muy tarde.
Por las noches cierra los ojos y sueña con ella.
A veces, incluso consigue dormirse.
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Jesús Soriano
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