EN EL VIEJO PAÍS DE LOS CUENTOS DE HADAS
Se desprenden los harapos de la noche
tejiendose con ellos los cantos sonoros
de las oropéndolas.
Entre el muérdago y los asfódelos
bullen las canciones olvidadas
y los borrachos de antaño
y relucen las piedras del secular pavés
asediadas en su hermético devenir
por los carruajes de las princesas de cuento.
Todo es calma después de la cruel batalla.
Los cadáveres, ya amigos inseparables,
brindan por la paz que han conseguido,
la eterna paz de los muertos.
Arriba, en los palacios en ruinas
algún Rey loco camina despavorido
entre lámparas a gas
y cortinajes desgajados
como gritos de máquinas asustadas.
Recoje con sus augustas manos
los ojos crepusculares de sus antiguos amantes
circunnavegados ya por solsticios de eternidad.
Los espejos trizados y los mármoles vetustos
multiplican la fantasmagoría
de los cuatro bíblicos jinetes
y las lámparas, renuentes a morir,
resuenan con estrépito inusitado.
Oh, los vahos pestilentes que nacen
de las bayonetas bursátiles
Oh, los vidrios refractarios a ecuaciones imposibles
Oh, mujeres hechas de diedros y fragmentos de emociones
Oh, guiñapos, hombres de la nueva era.
No es necesario inundar
con los pútridos canales de Venecia
las resecas tierras de Castilla
para traer hasta ellas el galope de walkirias.
No es necesario acompasar el gozoso latido
que nace del labrantío
a los espasmos de muerte que remueven tantas ruinas.
No, no es necesario.
Y, sin embargo, ya no se escuchan los sincopados
crocotoreos de las cigüeñas del sur.
La noche, bucólica tantas veces,
vuelve a retejer sus harapos:
la niebla renace hambrienta
y deglute las ruinas de la vieja Europa
ocultando el terror de las buenas madres
que no podrán ya brindar
por sus hijos muertos.
Los pulsos de la sangre antigua
preludian con su inmutable insistencia nuevos pavores,
.
Alguien está reconstruyendo Auschwitz
Ilust.: George Grosz. "La explosión"
Se desprenden los harapos de la noche
tejiendose con ellos los cantos sonoros
de las oropéndolas.
Entre el muérdago y los asfódelos
bullen las canciones olvidadas
y los borrachos de antaño
y relucen las piedras del secular pavés
asediadas en su hermético devenir
por los carruajes de las princesas de cuento.
Todo es calma después de la cruel batalla.
Los cadáveres, ya amigos inseparables,
brindan por la paz que han conseguido,
la eterna paz de los muertos.
Arriba, en los palacios en ruinas
algún Rey loco camina despavorido
entre lámparas a gas
y cortinajes desgajados
como gritos de máquinas asustadas.
Recoje con sus augustas manos
los ojos crepusculares de sus antiguos amantes
circunnavegados ya por solsticios de eternidad.
Los espejos trizados y los mármoles vetustos
multiplican la fantasmagoría
de los cuatro bíblicos jinetes
y las lámparas, renuentes a morir,
resuenan con estrépito inusitado.
Oh, los vahos pestilentes que nacen
de las bayonetas bursátiles
Oh, los vidrios refractarios a ecuaciones imposibles
Oh, mujeres hechas de diedros y fragmentos de emociones
Oh, guiñapos, hombres de la nueva era.
No es necesario inundar
con los pútridos canales de Venecia
las resecas tierras de Castilla
para traer hasta ellas el galope de walkirias.
No es necesario acompasar el gozoso latido
que nace del labrantío
a los espasmos de muerte que remueven tantas ruinas.
No, no es necesario.
Y, sin embargo, ya no se escuchan los sincopados
crocotoreos de las cigüeñas del sur.
La noche, bucólica tantas veces,
vuelve a retejer sus harapos:
la niebla renace hambrienta
y deglute las ruinas de la vieja Europa
ocultando el terror de las buenas madres
que no podrán ya brindar
por sus hijos muertos.
Los pulsos de la sangre antigua
preludian con su inmutable insistencia nuevos pavores,
.
Alguien está reconstruyendo Auschwitz
Ilust.: George Grosz. "La explosión"