En la encumbrada torre, muda al viento

Salva Carrion

Poeta fiel al portal
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En la encumbrada torre, muda al viento,
donde Eolo sus quejas amontona,
la que ayer de belleza fue corona
es hoy del tiempo un infausto lamento.

No reza en su faz el firmamento,
el sol en sus pupilas se traiciona;
son pozos donde el ansia se aprisiona,
espejos de un pretérito tormento.

El ajimez es luna peregrina
por donde el hielo besa su amargura,
surcando el rostro que el dolor inclina.

¡Oh, vana gloria! ¡Oh, muerta arquitectura!
que por guardar la heráldica divina
perdió la vida en cárcel sin ternura.

Vino a buscarla un joven caballero,
espectro que la tierra le presenta,
de manos rudas, pecho verdadero,
que de roja sangre su fe sustenta.

Mas se interpone el fuego altanero
de una heráldica que el vivir afrenta;
en esa casa de linaje austero,
el buen amor es fábula incruenta.

¡Ay, qué dolor de viejo y noble acero!
¡Ay, qué blasón que la pasión violenta!
Por defender escudos y apellidos
los tiernos lazos fueron destruidos.

En el rigor de cerrojos bruñidos,
quedaron los amores sepultados.
No importa si el buen afecto se aleja
de la nobleza de una estirpe vieja.

El sol, herido en pálida tragedia,
tiñe de sangre el aire y la ribera,
mientras el foso en su labor asedia,
bebiendo el vino de la sorda espera.

La noche llora nieve de la esfera
con una sábana de blanca cera,
y el ave trina en la desierta rama
la triste queja de la oculta trama.

Sabe ya en el umbral, frente al abismo,
que el feudo es jaula de oro y de veneno,
que el gran blasón es solo un espejismo
que seca el agua del terreno ajeno.

Ese tiempo, ayer amor, hoy sismo,
se vuelve soga de fatal refreno,
cadena que en la fragua se derrama
y apaga el soplo de la última llama.

Sintió en el delirar de su partida
que el mozo entre las sombras retornaba
a pedir el favor de edad florida
que a la sazón de abril ella esperaba.

Tendió una mano de su luz caída,
un lazo de una seda que apretaba,
robándole el aliento en la agonía
en la estancia de piedra ya sombría.

No fue el mancebo, ni el destino extraño,
ni fue la seda de oriente importada:
fue el propio desamor y el desengaño
la muerte que bendijo a la ahorcada.

Huyó la luz, cesó el humano daño,
quedó la torre de su voz vacía,
y hoy son arenas secas que desvían
el ayer gris por donde el tiempo huía.
*****
 
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En la encumbrada torre, muda al viento,
donde Eolo sus quejas amontona,
la que ayer de belleza fue corona
es hoy del tiempo un infausto lamento.

No reza en su faz el firmamento,
el sol en sus pupilas se desmorona;
son pozos donde el ansia se aprisiona,
espejos de un pretérito tormento.

El ajimez es boca peregrina
por donde el hielo besa su amargura,
surcando el rostro que el dolor inclina.

¡Oh, vana gloria! ¡Oh, muerta arquitectura!
que por guardar la heráldica divina
perdió la vida en cárcel sin ternura.

Vino a buscarla un joven caballero,
espectro que la tierra le presenta,
de manos rudas, pecho verdadero,
que de roja sangre su fe sustenta.

Mas se interpone el fuego altanero
de una heráldica que el vivir afrenta;
en esa casa de linaje austero,
el buen amor es fábula incruenta.

¡Ay, qué dolor de viejo y noble acero!
¡Ay, qué blasón que la pasión violenta!
Por defender escudos y apellidos
quedaron los amores sepultados

en el rigor de cerrojos bruñidos,
los años por el tiempo devorados.
No importa al alma si el amor se aleja
de la nobleza de una estirpe vieja.

El sol, herido en pálida tragedia,
tiñe de sangre el aire y la ribera,
mientras el foso en su labor asedia,
bebiendo el vino de la sorda espera.

La noche llora nieve de la esfera
con una sábana de blanca cera,
y el ave trina en la desierta rama
la triste queja de la oculta trama.

Sabe ya en el umbral, frente al abismo,
que el feudo es jaula de oro y de veneno,
que el gran blasón es solo un espejismo
que seca el agua del yermo terreno.

Ese tiempo, ayer amor, hoy abismo,
se vuelve soga de fatal refreno,
cadena que en la fragua se derrama
y apaga el soplo de la última llama.

Sintió en el delirar de su partida
que el mozo entre las sombras retornaba
a pedir el favor de la edad florida
que a la sazón de abril ella esperaba.

Tendió una mano de su luz caída,
un lazo de una seda que apretaba,
robándole el aliento y la agonía
en la estancia de piedra ya sombría.

No fue el mancebo, ni el destino extraño,
ni fue la seda de oriente importada:
fue el propio desamor y el desengaño
la muerte que bendijo a la ahorcada.

Huyó la luz, cesó el humano daño,
quedó la torre de su voz vaciada,
y hoy son solo arenas que se pierden
en el ayer donde los días muerden.
*****
El desamor y el desengaño, son los verdaderos artífices de la destrucción y el olvido final.

Saludos
 

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