Es entonces que nos moríamos de ganas, de ganas nos moríamos.
Y de ganas sonreímos al sentirnos contemplarnos, al sentirnos subyugados a la presencia del otro, por encima de nuestro espíritu, por encima del camino.
Me hablaste al oído con esa voz penetrante, con esa voz inflamable, aquella que incinera mis viejos sentidos, aquella que revive lo que aun no ha nacido.
Es en ese entonces, que comprendí que lo nuestro, mas allá de un burocrático compromiso, era un infinito, un eterno presente de aquel, que los dos no deseábamos desprendernos.
Y de ganas sonreímos al sentirnos contemplarnos, al sentirnos subyugados a la presencia del otro, por encima de nuestro espíritu, por encima del camino.
Me hablaste al oído con esa voz penetrante, con esa voz inflamable, aquella que incinera mis viejos sentidos, aquella que revive lo que aun no ha nacido.
Es en ese entonces, que comprendí que lo nuestro, mas allá de un burocrático compromiso, era un infinito, un eterno presente de aquel, que los dos no deseábamos desprendernos.