BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay viejas heridas y emancipaciones
y noctámbulos ácratas que sucumben
al plagio de los secundarios, y lascivias
y masturbaciones; incendios tras las sábanas
que acaparan los sábados el día deflagrado.
Hay contagios incesantes, y contactos
insistentes, nubes de óxido, armarios empotrados,
nebulosas persistentes de labios que repiten
sus besos. Hay un militar aburrido tomando
sus últimas copas, bares remotos en los suburbios
extrarradios que saben a copas de árboles malnutridos.
Infames y oprobiosos que buscan la carne
en medio, selvas de sastres que recuperan su mutilación,
órganos viriles emasculados del aire.
Hay sombras y gestos y taciturnos climas
expendedores de belleza, de esa belleza nocturna
que aclaman los pobres, hay meditabundos,
estanques y espejos y escaparates de medianoche.
Un frío hiriente que se abalanza sobre los miembros
de la guardia civil, de los estrategas, de los inválidos
rostros acuciantes de las estatuas negras del cielo.
Hay narices y congelaciones y prostitutas
y enardecidos grupos de estudiantes promoviendo
quién sabe dos o tres revoluciones diarias.
Rebeldes de pescuezo y pezuña, de yugos
y bueyes, de carpetas cerradas sobre el brazo
como quién reserva un palco en el teatro.
Hay muchas cosas en la noche.
Zapatos inexcusables, y sombrías adicciones.
Calendarios y horóscopos, diámetros de aves,
mientras Saturno devora al más fiel de sus hijos.
O Júpiter renueva la paz mortal de los amantes.
Cosas inquebrantables, de la noche, como brazos,
como marmitas, como cacerolas de ruidos incesantes.
©
y noctámbulos ácratas que sucumben
al plagio de los secundarios, y lascivias
y masturbaciones; incendios tras las sábanas
que acaparan los sábados el día deflagrado.
Hay contagios incesantes, y contactos
insistentes, nubes de óxido, armarios empotrados,
nebulosas persistentes de labios que repiten
sus besos. Hay un militar aburrido tomando
sus últimas copas, bares remotos en los suburbios
extrarradios que saben a copas de árboles malnutridos.
Infames y oprobiosos que buscan la carne
en medio, selvas de sastres que recuperan su mutilación,
órganos viriles emasculados del aire.
Hay sombras y gestos y taciturnos climas
expendedores de belleza, de esa belleza nocturna
que aclaman los pobres, hay meditabundos,
estanques y espejos y escaparates de medianoche.
Un frío hiriente que se abalanza sobre los miembros
de la guardia civil, de los estrategas, de los inválidos
rostros acuciantes de las estatuas negras del cielo.
Hay narices y congelaciones y prostitutas
y enardecidos grupos de estudiantes promoviendo
quién sabe dos o tres revoluciones diarias.
Rebeldes de pescuezo y pezuña, de yugos
y bueyes, de carpetas cerradas sobre el brazo
como quién reserva un palco en el teatro.
Hay muchas cosas en la noche.
Zapatos inexcusables, y sombrías adicciones.
Calendarios y horóscopos, diámetros de aves,
mientras Saturno devora al más fiel de sus hijos.
O Júpiter renueva la paz mortal de los amantes.
Cosas inquebrantables, de la noche, como brazos,
como marmitas, como cacerolas de ruidos incesantes.
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