Darío Nervo
Poeta que considera el portal su segunda casa
El albo soneto,
la clara armonía
que tanto escribía
hablando de ti,
se apaga de pena,
no fluye inspirado,
se marcha angustiado
distante de mí.
La sal de mi llanto
corroe mi escrito
con álgido grito
detrás de una flor;
se apocan mis versos
y muere discreta
la luz del poeta
que canta al amor.
Te marchas sonriente
muy llena de entrega
—yo pienso que ciega—
asida de aquel;
entonces prometo
jamás escribirte
y fue porque al irte
te fuiste con él.
La luna radiante
—el blanco castillo—
derrocha su brillo
en una canción
que oprimo en el pecho;
sus letras al viento
van al firmamento
con mi corazón.
Sabrás cada noche
que todo es embuste,
te guste o no guste
seré yo tu amor,
que finges amarlo,
que existe un vacío
así como el mío
ahí, en tu interior.
Y un día de tantos
cuando no lo esperes
verás que no eres
feliz y sabrás
que abiertos mis brazos,
mi entrega, y cariño,
así como un niño
jamás hallarás...
la clara armonía
que tanto escribía
hablando de ti,
se apaga de pena,
no fluye inspirado,
se marcha angustiado
distante de mí.
La sal de mi llanto
corroe mi escrito
con álgido grito
detrás de una flor;
se apocan mis versos
y muere discreta
la luz del poeta
que canta al amor.
Te marchas sonriente
muy llena de entrega
—yo pienso que ciega—
asida de aquel;
entonces prometo
jamás escribirte
y fue porque al irte
te fuiste con él.
La luna radiante
—el blanco castillo—
derrocha su brillo
en una canción
que oprimo en el pecho;
sus letras al viento
van al firmamento
con mi corazón.
Sabrás cada noche
que todo es embuste,
te guste o no guste
seré yo tu amor,
que finges amarlo,
que existe un vacío
así como el mío
ahí, en tu interior.
Y un día de tantos
cuando no lo esperes
verás que no eres
feliz y sabrás
que abiertos mis brazos,
mi entrega, y cariño,
así como un niño
jamás hallarás...