Segis
Poeta recién llegado
Cuatro cajones tengo en la memoria
donde atesoro todo el patrimonio
con que pagar favores al demonio
si no lograse el propio de la gloria.
En el primero guardo, muy profundo,
la risa con olor a espuma y pato
de goma en la bañera, y un retrato
sin vida, ni calor, ni movimiento.
Una canción o dos, un lindo cuento,
y tras la dama, junto al vagabundo,
la llavecita del cajón segundo.
En el segundo guardo con esmero
la piel que abandonó la larva incauta,
la duda, la peor verdad, la flauta
del sátiro, la edad que descerraja
la espada de Damocles, y la caja
maldita de Pandora y un letrero:
“No abrir hasta cerrar bien el tercero”
En el tercer cajón guardo el infarto
de un corazón exhausto de inmundicia,
guardo también un verso que acaricia
las noches de papel que lleva el viento
y un alma innoble; tal abatimiento,
porque rompí la caja, pronto y harto,
en el primer cajón, y no en el cuarto.
El último cajón, no tiene entrada,
ni llave o tirador, ni cerradura.
Ni un mísero agujero o una fisura
por donde pueda ver qué guarda dentro.
Y allí, colgando boca abajo, encuentro,
la punta de esa enorme y fría espada,
y un aulos que se calla ¡Tanto y nada!
donde atesoro todo el patrimonio
con que pagar favores al demonio
si no lograse el propio de la gloria.
En el primero guardo, muy profundo,
la risa con olor a espuma y pato
de goma en la bañera, y un retrato
sin vida, ni calor, ni movimiento.
Una canción o dos, un lindo cuento,
y tras la dama, junto al vagabundo,
la llavecita del cajón segundo.
En el segundo guardo con esmero
la piel que abandonó la larva incauta,
la duda, la peor verdad, la flauta
del sátiro, la edad que descerraja
la espada de Damocles, y la caja
maldita de Pandora y un letrero:
“No abrir hasta cerrar bien el tercero”
En el tercer cajón guardo el infarto
de un corazón exhausto de inmundicia,
guardo también un verso que acaricia
las noches de papel que lleva el viento
y un alma innoble; tal abatimiento,
porque rompí la caja, pronto y harto,
en el primer cajón, y no en el cuarto.
El último cajón, no tiene entrada,
ni llave o tirador, ni cerradura.
Ni un mísero agujero o una fisura
por donde pueda ver qué guarda dentro.
Y allí, colgando boca abajo, encuentro,
la punta de esa enorme y fría espada,
y un aulos que se calla ¡Tanto y nada!