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En mi desesperación (violetas, gemas y tus pendientes azul damasco)

eliazer

Poeta recién llegado
En mi desesperación
mientras más aclaraba las aguas,
más borrosa se torneaba tu figura,
más torrentosa se afirmaba tus pliegues.


Mi servidumbre evocaba presagios
atando sortilegios a los cielos;
tendiéndose al calor pulcro de sus hogueras.


En mi angustia prefacia
arremolinaba las aguas con tal argucia
que aun más se perdía tus encantos
y aun más se olvidaban tus delicias
entre tantas hondas turbias
que se apoltronaban ígneas...


Mis ancestros predijeron en hojas de coca,
en el humo de cigarro, no solo tú nombre;
si no es que ya vislumbraban en sus mitologías que tú yacías pura,
te entregabas al fulgor del líbido en estos tiempos.


En mi ansia por no obviar palmo siquiera de ti,
limpiaba las claridades de aquellas aguas
dejándola sin siquiera una arruga en sus cantos...
torneándola casi entre susurros para que no despertase,
para que no se sintiese indigna a mis trémulas caricias.


Mordía mis labios al cautivo de tus movimientos
mientras que mis manos se entregaban a tu reflejo.


La estática de tal hechizo me hería, me desteñía
pero ello era menester por esa visión apoteósica.


Lucías coquetas argollas azul damasco a modo de pendientes
y tus hombros místicos parecían de una nieve algodonizada...
hojas acantu onduladas a doble filo se esparcían a tu vestido de lino...
¡y el verde bóreo se acentuaba como cuencas a tus halos de coral!


El amanecer de tus cabellos encendían tus pupilas miel lascivas,
parecías beldad dócil al querer indigno de estas eriales estancias...
un ramillete de violetas púrpuras salpicadas de atardeceres te precedía
y paredes de un marfil azul traspapelado se fundía a tu contraste.


Un rosario de relicarias gemas vanas en tórridas formas te ataba
y tu rostro de porcelana se mostraba sacramentalmente altiva;
lavanda te cubría para esos fríos que se profesaban vetustos
y la decencia de tu voz enaltecía los designios de tus lejanías.


En mi desesperación, en mi llano miedo a perderte
movía y removía mis aguas, soplaba y rogaba a mis divinidades
sólo por verte unos instantes más y aspirar vestigios de tu aroma...
agitaba y desoía augurios, me perdía y fundía en tu silueta;
en mi idolatriaza ensonancia de placer de ti desturbiaba mis aguas,
aún así mis manos se dañasen, aún así estuviese lloviendo
y el hielo de mis nevados cubriese mi torso cobrizo.


¿Por qué no me diste tu número?
¿No deseas que te espere?
sabes mujer, aunque no lo quieras creerlo, yo sabia que existías,


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© Obra protegida por derechos de autor
Con licencia para adaptar y reeditar
 
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