Amaneces en mi cuando anochezco.
Cierro mis párpados y tu ves lo que no veo.
Tu cárcel es mi isla de estrellas colmada.
Para ti un lugar solitario y sombrío,
para mi un refugio de arena y mar.
No puedo tocarte,
pero si sentirte, decirte que te amo,
tanto como el primer día que llegaste perfecta,
con el mismo amor que tuve cuando planté
la primer palmera, o el mismo amor
cuando hice de la luna un sol.
Pero las nubes molestas,
el día pleno me arruinan y se convierten en noches
de tormentas y tormentos,
cuando amanezco y te duermes como isla,
como arena y mar.
Entonces te busco y no te encuentro,
te extraño y ruego al segundo
que se detenga, que me deje sentirte una última vez
y por fin te siento,
antes que la luz en un huracán se transforme,
que las olas enormes me inunden.
Volando te marchas y mi mano no puede salvarte.
¡Y me arranco el corazón! Arrojándolo al viento,
embotellado, como si yo fuera un náufrago
que en su interior puso enroscada el alma
y escrito en ella,
¡Adiós!