Alex Courant
Poeta adicto al portal
En mis manos tu rostro,
como un campo de trigo sesgado,
transparente revela su febril calma.
Pretérito se muestra futuro,
como un enigma siempre presente
deja caer su peso verdadero
en la balanza fiel de mi amoroso tacto.
Ponerme a contemplar tu cara
es ser la veloz flecha que parte la manzana,
la daga que atraviesa la carne,
la blanca y vasta luna que al sol eclipsa.
En ti todos los rostros son espejos.
Tienes un coqueteo de paloma,
la suavidad de los duraznos,
el zumbar de la abeja y el ardor del fuego.
Tienes también el signo de los pueblos,
la blandura del pan, lo férreo de la campana,
lo ascendente del vino y el ondear de las banderas.
En ti el mundo se renueva y se extingue.
Como un hijo te miro.
Como un desconocido te asecho.
Voy caminando por las dunas en tu frente,
voy siguiendo a las olas en tus pestañas,
subo y bajo del cielo en tus pómulos
hasta encontrar ocultos entre tus cabellos
-tal si fueran los siglos que socavan a las piedras-
tus ojos de madera virgen.
Ahora ya sólo es el follaje en la sombra,
la sístole y la diástole de la penumbra,
las gotas suspendidas en el aire y en el viento
que se prenden al ósculo de la mañana
antes de que los pájaros trinen.
*
como un campo de trigo sesgado,
transparente revela su febril calma.
Pretérito se muestra futuro,
como un enigma siempre presente
deja caer su peso verdadero
en la balanza fiel de mi amoroso tacto.
Ponerme a contemplar tu cara
es ser la veloz flecha que parte la manzana,
la daga que atraviesa la carne,
la blanca y vasta luna que al sol eclipsa.
En ti todos los rostros son espejos.
Tienes un coqueteo de paloma,
la suavidad de los duraznos,
el zumbar de la abeja y el ardor del fuego.
Tienes también el signo de los pueblos,
la blandura del pan, lo férreo de la campana,
lo ascendente del vino y el ondear de las banderas.
En ti el mundo se renueva y se extingue.
Como un hijo te miro.
Como un desconocido te asecho.
Voy caminando por las dunas en tu frente,
voy siguiendo a las olas en tus pestañas,
subo y bajo del cielo en tus pómulos
hasta encontrar ocultos entre tus cabellos
-tal si fueran los siglos que socavan a las piedras-
tus ojos de madera virgen.
Ahora ya sólo es el follaje en la sombra,
la sístole y la diástole de la penumbra,
las gotas suspendidas en el aire y en el viento
que se prenden al ósculo de la mañana
antes de que los pájaros trinen.
*