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En pie de guerra

Anna Politkóvskaya

Poeta fiel al portal
Naufragado en algún lugar del mundo.
Innumerables olas de un mar
a la deriva observan cómo se adhieren
una barba y una larga cabellera
a mi rostro con dos antorchas apagadas
y sumido en lo imposible.
La camisa rasgada es un juguete para el viento
y el estandarte de mis futuras derrotas.
Marco los días en el tronco de un árbol
para que no se olviden, menos los viernes
que no existen en la isla que me habita.

Descalzo por la arena, camino sin rumbo
acompañado por el vaivén de mi respiración
y el insomnio de la inmensidad,
deteniéndome si acaso a escribir los nombres
que, aún feraces, resuenan en la memoria
y hacen aflorar la triste lluvia
que deja nada por dentro, un silencio
que quema, un agravio implacable.
Inmensas las horas zumban contra mis orejas
como furiosas abejas enjauladas.
Tanto escándalo, tanto pedregal en la cabeza,
solo significa una cosa: me he declarado la guerra.

En medio de la nada, no me procuro señales
de humo ni arrojo mensajes en una botella.
No quiero encontrarme y volver
a los lugares comunes que, de tan trillados,
semejan jardines marchitados
por el orgulloso polvo que cubre a los novios
de siempre y que todos los días se citan
en sus rincones más oscuros. Antes prefiero
contemplar la vida a través de la muerte.

Los días, desarraigados del mundo de los vivos,
turbio vaho son sin un sol que los defina.
Pasan fatuos con el viento que insiste
y que murmura que hable;
pero yo opto por construir en silencio
un navío fantasma con los restos naufragados
de la oscuridad; porque, ya quede incrustado
en la roca o balanceándome en mi abismo,
siento la ineludible necesidad
de golpear las turbulencias de las primeras olas
con el hervor de la única palabra
que saldrá de mi boca hasta el último día,
hasta el último naufragio.
 
Naufragado en algún lugar del mundo.
Innumerables olas de un mar
a la deriva observan cómo se adhieren
una barba y una larga cabellera
a mi rostro con dos antorchas apagadas
y sumido en lo imposible.
La camisa rasgada es un juguete para el viento
y el estandarte de mis futuras derrotas.
Marco los días en el tronco de un árbol
para que no se olviden, menos los viernes
que no existen en la isla que me habita.

Descalzo por la arena, camino sin rumbo
acompañado por el vaivén de mi respiración
y el insomnio de la inmensidad,
deteniéndome si acaso a escribir los nombres
que, aún feraces, resuenan en la memoria
y hacen aflorar la triste lluvia
que deja nada por dentro, un silencio
que quema, un agravio implacable.
Inmensas las horas zumban contra mis orejas
como furiosas abejas enjauladas.
Tanto escándalo, tanto pedregal en la cabeza,
solo significa una cosa: me he declarado la guerra.

En medio de la nada, no me procuro señales
de humo ni arrojo mensajes en una botella.
No quiero encontrarme y volver
a los lugares comunes que, de tan trillados,
semejan jardines marchitados
por el orgulloso polvo que cubre a los novios
de siempre y que todos los días se citan
en sus rincones más oscuros. Antes prefiero
contemplar la vida a través de la muerte.

Los días, desarraigados del mundo de los vivos,
turbio vaho son sin un sol que los defina.
Pasan fatuos con el viento que insiste
y que murmura que hable;
pero yo opto por construir en silencio
un navío fantasma con los restos naufragados
de la oscuridad; porque, ya quede incrustado
en la roca o balanceándome en mi abismo,
siento la ineludible necesidad
de golpear las turbulencias de las primeras olas
con el hervor de la única palabra
que saldrá de mi boca hasta el último día,
hasta el último naufragio.
Me ha gustado como describe que su ropa rasgada y los símbolos de derrota marcan cada día.

Saludos
 
Naufragado en algún lugar del mundo.
Innumerables olas de un mar
a la deriva observan cómo se adhieren
una barba y una larga cabellera
a mi rostro con dos antorchas apagadas
y sumido en lo imposible.
La camisa rasgada es un juguete para el viento
y el estandarte de mis futuras derrotas.
Marco los días en el tronco de un árbol
para que no se olviden, menos los viernes
que no existen en la isla que me habita.

Descalzo por la arena, camino sin rumbo
acompañado por el vaivén de mi respiración
y el insomnio de la inmensidad,
deteniéndome si acaso a escribir los nombres
que, aún feraces, resuenan en la memoria
y hacen aflorar la triste lluvia
que deja nada por dentro, un silencio
que quema, un agravio implacable.
Inmensas las horas zumban contra mis orejas
como furiosas abejas enjauladas.
Tanto escándalo, tanto pedregal en la cabeza,
solo significa una cosa: me he declarado la guerra.

En medio de la nada, no me procuro señales
de humo ni arrojo mensajes en una botella.
No quiero encontrarme y volver
a los lugares comunes que, de tan trillados,
semejan jardines marchitados
por el orgulloso polvo que cubre a los novios
de siempre y que todos los días se citan
en sus rincones más oscuros. Antes prefiero
contemplar la vida a través de la muerte.

Los días, desarraigados del mundo de los vivos,
turbio vaho son sin un sol que los defina.
Pasan fatuos con el viento que insiste
y que murmura que hable;
pero yo opto por construir en silencio
un navío fantasma con los restos naufragados
de la oscuridad; porque, ya quede incrustado
en la roca o balanceándome en mi abismo,
siento la ineludible necesidad
de golpear las turbulencias de las primeras olas
con el hervor de la única palabra
que saldrá de mi boca hasta el último día,
hasta el último naufragio.
Naufragado en algún lugar del mundo.
Innumerables olas de un mar
a la deriva observan cómo se adhieren
una barba y una larga cabellera
a mi rostro con dos antorchas apagadas
y sumido en lo imposible.
La camisa rasgada es un juguete para el viento
y el estandarte de mis futuras derrotas.
Marco los días en el tronco de un árbol
para que no se olviden, menos los viernes
que no existen en la isla que me habita.

Descalzo por la arena, camino sin rumbo
acompañado por el vaivén de mi respiración
y el insomnio de la inmensidad,
deteniéndome si acaso a escribir los nombres
que, aún feraces, resuenan en la memoria
y hacen aflorar la triste lluvia
que deja nada por dentro, un silencio
que quema, un agravio implacable.
Inmensas las horas zumban contra mis orejas
como furiosas abejas enjauladas.
Tanto escándalo, tanto pedregal en la cabeza,
solo significa una cosa: me he declarado la guerra.

En medio de la nada, no me procuro señales
de humo ni arrojo mensajes en una botella.
No quiero encontrarme y volver
a los lugares comunes que, de tan trillados,
semejan jardines marchitados
por el orgulloso polvo que cubre a los novios
de siempre y que todos los días se citan
en sus rincones más oscuros. Antes prefiero
contemplar la vida a través de la muerte.

Los días, desarraigados del mundo de los vivos,
turbio vaho son sin un sol que los defina.
Pasan fatuos con el viento que insiste
y que murmura que hable;
pero yo opto por construir en silencio
un navío fantasma con los restos naufragados
de la oscuridad; porque, ya quede incrustado
en la roca o balanceándome en mi abismo,
siento la ineludible necesidad
de golpear las turbulencias de las primeras olas
con el hervor de la única palabra
que saldrá de mi boca hasta el último día,
hasta el último naufragio.
 

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