manuel prol
Poeta asiduo al portal
Era teniente coronel de caballería. Hago esta aclaración para que se entienda el sentido de alguno de los versos.
Hace años sufrió un atentado de ETA en el que el azar quiso que la víctima fuese su hijo de 22 años al que, esa
mañana, le había prestado el coche.
LLegaste entre banderas, escudos y estandartes,
arrasando la vida, llenándola de risas,
cabalgando los días sin látigo ni espuelas,
bebiéndolos deprisa como un tántalo. Ahora
tan sólo queda el cieno de tu cuerpo y estrellas
que oscurecen la luna y al sol mismo deslumbran
y, en un intento vano de servicio postrero,
se suben a tus hombros para ser luminarias
y mostrarte el camino que conduce al futuro.
¿Sabes ya a dónde vas? Pregúntale a Caronte.
Él conoce las rutas que atraviesan la Estigia
y llegan a las playas donde no existe el tiempo.
Su barca la manejan demonios bonachones
que, diestros, la conducen al pie de la otra orilla.
Deja los estandartes y olvida las banderas,
desecha los adornos y muéstrate desnudo.
Te pondrán una túnica tejida en hilos de oro,
te calzarán sandalias, coronarán tu frente,
te darán un sitial con escabel de estrellas,
recorrerán tus plantas rutilantes caminos,
jugarás con los astros, encenderás luceros,
y un batallón de ángeles desfilará a tu mando.
Y, mientras aun resuena el eco de tu risa,
yo degusto las lágrimas que corrompen mi boca
y apaciento la pena que me grita tu ausencia.
Porque sigues aquí, alojado en mi sueño,
con el cuerpo cubierto de un humilde sudario.
Hace años sufrió un atentado de ETA en el que el azar quiso que la víctima fuese su hijo de 22 años al que, esa
mañana, le había prestado el coche.
LLegaste entre banderas, escudos y estandartes,
arrasando la vida, llenándola de risas,
cabalgando los días sin látigo ni espuelas,
bebiéndolos deprisa como un tántalo. Ahora
tan sólo queda el cieno de tu cuerpo y estrellas
que oscurecen la luna y al sol mismo deslumbran
y, en un intento vano de servicio postrero,
se suben a tus hombros para ser luminarias
y mostrarte el camino que conduce al futuro.
¿Sabes ya a dónde vas? Pregúntale a Caronte.
Él conoce las rutas que atraviesan la Estigia
y llegan a las playas donde no existe el tiempo.
Su barca la manejan demonios bonachones
que, diestros, la conducen al pie de la otra orilla.
Deja los estandartes y olvida las banderas,
desecha los adornos y muéstrate desnudo.
Te pondrán una túnica tejida en hilos de oro,
te calzarán sandalias, coronarán tu frente,
te darán un sitial con escabel de estrellas,
recorrerán tus plantas rutilantes caminos,
jugarás con los astros, encenderás luceros,
y un batallón de ángeles desfilará a tu mando.
Y, mientras aun resuena el eco de tu risa,
yo degusto las lágrimas que corrompen mi boca
y apaciento la pena que me grita tu ausencia.
Porque sigues aquí, alojado en mi sueño,
con el cuerpo cubierto de un humilde sudario.
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