Évano
Libre, sin dioses.
Capitulo I
La cueva de los tres muertos
En un descampado donde proliferaban algarroberos y chaparros, bajo un trozo de tierra libre de vegetación y a doscientos metros de mi barrio, una cueva servía de cobijo a varios adolescentes. La habían cavado para tener intimidad en sus ratos libres, ratos que se irían prolongando al faltar a la escuela cada vez con más frecuencia. Una vetusta escalera de tablas mal clavadas facilitaba el bajar. No era muy ancha, a penas cuatro o cinco metros de diámetro. Unas cuantas cajas de frutas hacían las veces de sillas y mesa, y dos colchones viejos y sucios, la vez de un lecho que utilizaban como alfombra voladora tras inyectarse heroína. Revistas de mujeres desnudas, navajas y objetos punzantes se repartían por un interior a media luz que no aireaba el suficiente olor a eyaculaciones, sudor y humedad proveniente de paredes arenosas decoradas con calendarios y pósteres de exuberantes trabajadoras.
No es un sueño, sino imágenes que han volado a mi memoria tras pasear por el ahora colegio público que se yergue sobre el campo de la cueva de antaño. Un edificio nuevo y amplio que le une, sin contar las cuatro casas de siempre, con los destartalados edificios de cuatro plantas del pueblo.
He pensado cómo cambia el mundo, que estos niños de hoy no saben lo que ocurrió bajo el suelo donde estudian ni se imaginan el reciente próximo.
Tres chavales de los que frecuentaban la cueva están muertos. Eran de mi edad. Uno se ahorcó en el paso subterráneo que enlazaba una playa del Mediterráneo con la carretera Nacional II que une Barcelona y Madrid. En una esquina, con su correa de cintura, al lado de los líquenes y pintadas estúpidas como "tonto el que lo lea", o de amenazas como "te boi a tajar el pezcuezo cuando te encuentre joputa migué". Por aquel entonces la oscuridad reinaba en el pasadizo incluso en los días más luminosos.
Otro, dicen, se suicidó por sobredosis; y al último, comentan, que fue un crimen no resuelto, aunque fácil de imaginar: ajuste de cuentas y esas cosas.
Jo, qué recuerdos, me he dicho mientras salían a la hora del patio los niños. Pocos bocadillos he visto, casi todo bolsas de pastas, dulces, tabletas de chocolate, bebidas de falsos zumos, isotónicas... Ninguno fumando, ni tan siquiera tabaco. Cualquiera de los que me estáis leyendo pensará que yo era un pieza de cuidado. Nada más lejos de la realidad. Narro lo que veían antes mis ojos y lo que ven ahora. Sé de estos personajes porque a pesar de que yo era poca cosa, pequeño, de aspecto débil y no veía de lejos —pocas gafas se veían y no recuerdo que hubiera quien las vendiera—, mi carácter era de mil diablos. Era capaz de sacar matrículas de honor y codearme con los más malos, pasear entre ellos sin el más mínimo peligro y sin caer en las redes que les lanzaban los adultos depravados.
Con una ojeada pensarán que el mundo es menos peligroso hoy en día para sus hijos. Pero no es cierto, la vida es más complicada y, a la misma vez, más simple de lo que parece. Hoy están mucho más indefensos ante los sinvergüenzas. Hoy parecen llaneros solitarios, cada cual va a lo suyo, no hay lazos ni grupos de amistad. Se comunican entre ellos más por vías virtuales que reales. Antes no era así. Los círculos en los que nos metíamos nos protegían. El estudioso estaba a salvo porque se juntaba con otros empollones. El malo iba con los malos y los del medio se dedicaban a medio estudiar y a los juegos de la temporada: a la lima cuando tocaba la lima; a las chapas cuando tocaba las chapas; al ajo duro cuando empezaba el frío y era bueno correr y recibir un buen pelotazo para que uno se calentara; al centinela cuando oscurecía y había que alborotar al barrio entero con gritos desde las esquinas... Y se fumaba a escondidas porque se quería sentir el peligro, pero en el fondo era una tontería pues los mismos padres se sorprendían si con doce o trece años uno no intentaba o fumaba; y empezaban a pensar que quizá este hijo suyo les había salido marica; y fumar tabaco negro, no rubio, que eso también era de maricas.
Con esto quiero decir que los peligros eran los mismos que los que hay hoy en día, y serán los mismos el día de mañana. Los niños siempre estarán en peligro mientras existan mayores. Pero antes, no hace mucho, sabíamos mucho más de la vida porque la recorríamos y la veíamos cada día, no porque fuéramos más espabilados ni más listos. Hoy en día la vida se recorre por su vertiente virtual, irreal, como si uno caminara por senderos que van y vienen de su interior. No existen los caminos exteriores, y los caminos exteriores, sin la menor de las dudas, son los reales, por donde transcurre la vida del sol y la lluvia; de las navajas y los besos; de la sangre y los pechos; de la amistad y la enemistad; del puñetazo y del abrazo; de los ojos y el árbol; de la bilirrubina y la tristeza; del sudor y la tierra; de los dientes y la acera; de la bicicleta y el brazo roto; de la pedrada y la cabeza; de la regla y el profesor; de la pelea por la justicia que nosotros mismos establecíamos; de la ley que no está escrita; de callar ante la voz que nos vence; de gritar al débil; de juntarse para defenderse; del pan y el hambre; de la alegría de compartir; de la mano que te levanta y al caído que levantas.
Hoy todos saben de todo: saben cuáles son las injusticias o quién es culpable o inocente; a quien es mejor esquivar, con quien es mejor juntarse... Pero todo es teoría que les introducen a través del televisor, Internet, publicidad, periódicos... Teoría que se mastica en la intimidad de un mundo virtual. Eso es como querer introducir al pueblo dentro de sí mismo, por medio del miedo. Divide y vencerás. Miedo a no poder comprar el coche del vecino o a no tener el último teléfono móvil que se ha comprado el compañero de trabajo o el que se sienta a tu lado en la escuela; miedo a que piensen que somos pobres; miedo a que el pobre emigrante te quite el trabajo; miedo a que no puedas pagar tu entierro aunque tengas noventa años; miedo al mañana cuando ningún día vives; miedo a la muerte cuando la muerte es inevitable; miedo a vivir desordenadamente cuando a la vida es imposible ordenarla; miedo a que el hijo no acabe la carrera cuando los licenciados, si no acaban en el paro, acaban cobrando lo mismo o menos que alguien sin estudios; miedo a que se nos rompa el coche cuando salimos de vacaciones cuando lo importante de viajar es el mismo viaje y la aventura; miedo a que el mundo acabe siendo irrespirable cuando fumamos o no paramos de ir de un lado para otro con nuestro vehículo emisor de CO2; miedo a que nos roben la casa cuando sabemos que casi ninguno de nosotros tiene nada de valor en casa; miedo al jefe cuando es él el que debe tener miedo de quedarse sin trabajadores capacitados y perder la vida de ricachón que lleva; miedo al paro cuando sobran miles de millones de euros por todos sitios; miedo a pasar hambre cuando solo en España se tiran a la basura millones de toneladas al año, lo equivalente a doscientos kilos por persona y año, que viene a ser la mitad de lo que uno come en ese tiempo; miedo a pegarnos un pedo en mitad de un restaurante cuando se sabe que la totalidad de la humanidad se pega de ocho a dieciséis pedos diarios; miedo a que nos salga un hijo tonto cuando el imbécil de Einstein contribuyó a la creación de la bomba atómica... Miedo, miedo, miedo...
Y esta es la diferencia entre el ayer y el hoy: antes había miedo, pero un miedo real a perder la vida por luchar por la democracia, por no morirse uno de hambre, por cosas nobles; por no caer en la heroína... y por ello la gente se unía y luchaba. Ahora, la idiotez de los miedos hace que nuestro inconsciente, nuestro yo que lleva los mandos y los guarda para momentos críticos nos diga: "Pero dónde vas imbécil, ¿te vas a matar por una tontería de esas?. La vida es lo importante. Y la vida es crear vida, tener hijos para que la especie avance. Eso es lo que somos: animales y toda la vida, por muchas vueltas que se le dé, está organizada para desembocar en la creación de hijos".
Por ello decía que la vida es muy complicada y muy sencilla a la vez. Podemos adornarla de mil maneras: con miedos, ropas de marca, grupos políticos, dioses que porten cacerolas en la cabeza... Por esas cosas la hacemos muy complicada.
"La vida es tener hijos para que la especie no se extinga, para que la Tierra sea la base de la propagación de nuestro mundo y nuestra vida a otros planetas, otras estrellas, constelaciones, universos... Por él la Naturaleza, el verdadero Dios, le importa una mierda que perezcan los débiles, mentales o físicos, que ella solo quiere a los mejores sea con la combinación que sea. Ella solo quiere reinar en todos los universos habidos y por haber. Y nosotros, los hombres y mujeres somos su creación más perfecta, la más fuerte, la mejor. Y no te calientes la cabeza que ella siempre estará aquí. Pasarán millones de años y seguirá reinando, con unas especies o con otras, pero ella seguirá reinando y apoyando a los fuertes. Por lo tanto, lucha hasta la muerte por encabezar la pirámide del poder, que lo demás no importa..."
Recordando el pasado cercano no me había dado cuenta que estaba en el cuarto de baño de mi casa, con la cabeza metida entre los dos espejos que cerraban en triángulo el armario de encima del lavamanos. No me había dado cuenta que ese otro yo se había apoderado del mando, de la situación, y empezaba a enfrentarse conmigo.
Cerré de golpe las dos puertas y el espejo quedó en el rectángulo normal de siempre, ya no habían cientos de mi rostro en cada uno de los tres espejos del triángulo. Hacía poco que había descubierto tan curioso dividirme en cientos de imágenes, y me hizo gracia, pasándome horas mirando a la infinidad de mis mismos rostros que se proyectaban de espejo a espejo hasta perderse y marearme la vista. Intentaba, absurdamente, encontrar alguna diferencia entre ellos. Como es normal nunca la encontré, pero la diferencia surgió del interior, de mi cabeza. El otro yo.
Con el tiempo, tanto me convenció con sus discursos que hicimos un trato: él ocuparía el cuerpo una semana y yo otra; luego debatiríamos quién era más adecuado para la vida. A veces uno no es muy inteligente, porque si uno de los dos ocupaba los mandos, el otro, simplemente, permanecería inerte en la sombra de un rincón del cerebro. Eso lo pensé mucho después. Me costó un montón domarlo y encerrarlo, pero aún así, de vez en cuando, me grita desde donde esté, que será, probablemente, en algún rincón de mi cabeza, que es lo que me gusta pensar, que está en una cueva cavada bajo tierra, de unos cuatro o cinco metros de diámetro, a la que se baja por una vetusta escalera de tablas mal clavadas; que mi otro yo descansa en un colchón viejo y sucio mientras se inyecta la adrenalina del macho alfa.
En cierto modo creo que siempre fui dos personas, como cuando era niño y adolescente: el que sacaba matrículas de honor en el colegio y el que se trataba con los de peor calaña.
Continuará abajo...
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