Himinglaeva
Poeta que considera el portal su segunda casa
Encarcelada
Prisionera cautiva del enigma de tus ojos, color de noche sin luna,
portadores de secretos, de desvelos y de ensueños
de los tuyos, de los míos de los nuestros.
¡Oh Dios de lo nuestro! ¿Qué fue lo nuestro?
Lo nuestro fue el delirio de fantasias utópicas,
ilusiones que quedaron atrapadas en la cárcel de tu cuerpo presuntuoso
como los sueños fantasiosos que me permití soñar contigo un día.
Eres bedel de mis deseos, celador de mis angustias,
vigía de mi amargura.
Me acompaña la negrura de una noche sin luna,
de un dormir sin sueños, de un despertar incoloro.
¡Condenada por ti!
¡A vivir en cautiverio Maldito castigo!
-¡Cautiva de tus labios, de tu boca, por la que perdí la calma y me volví loca,
loca por tus besos, besos que en suspiros eran transportados por céfiros de aliento
y se ataban a mis ansias con tu larga cabellera y me hacían tu prisionera
y tú eras mi condena, mi martirio por quien desafiaba mis instintos y volaba en mis delirios!
Reclusa de las sabanas de seda blancas, atada con las ilusiones que me encadenaban
en mi cama de nubes y esperanzas, de versos y promesas de tus palabras de amor.
¡Palabras malditas, que me matan, me envenenan, me consumen me condenan!
¡Me hacen tu eterna prisionera!
-!Guardián de mis deseos, el carcelero de mi pasión, centinela de mis fantasías
me has condenado a vivir cautiva en las redes de tu corazón,
consumiéndome en la penitencia de no poseer tu cuerpo, de no sentir tu calor,
de no poder escribir sobre tu piel mi mejor verso de amor,
mi verso que leería
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