Encontrarás lo que buscas, leí en un neón de una de las transversales de la calle Ruzafa, y entré.
Buenos días dije.
Buenos días. Usted dirá contestaron, dando pie a lo que iba a ser mi solicitud.
Pues verá
Dígame usted.
Yo buscaba
¿Un fontanero, un electricista, un albañil?
No, mire usted, yo buscaba la felicidad confesé acabando la frase que llevaba entre manos.
Un momento me dijo, y con un ábaco, una calculadora y el ordenador sacó sus cuentas y me dio un presupuesto. Acepté, y al día siguiente me embargaron las cuentas. Dos días después me desahuciaron.
Quise rescindir el contrato y me presenté en la oficina. No existía ninguna en el lugar, sólo dos locales tapiados y una peluquería. Entré en ella.
Usted dirá oí de una voz conocida.
Perdone, pero anteayer vine, y aquí había una agencia de servicios.
¿Le parece a usted poco servicio arreglarle la cabeza?
El local no era el mismo, ni la persona que me atendió tampoco, pero esa voz
esa voz me resultaba familiar.
¿Tiene usted algún problema?
¿Problema yo?, lo que no tengo es nada pensé indignado y en voz alta.
Es usted afortunado me dijo, y se quedó tan pancho.
Salí de aquella peluquería con prisas para buscar no sé qué cosa y lo único que encontré al darme la vuelta mecánicamente fue un cartel pintado a mano que decía, se arreglan cabezas.
Me quedé inmóvil pensando en aquella frase, se arreglan cabezas.
Volví a entrar.
¿Sabe qué he pensado? dije, esta vez sin saludar.
Usted dirá me contestó sin ningún signo de sorpresa.
Pues que ya que estoy aquí, y tengo que empezar de cero, será mejor que me arregle también, un poco, estos cuatro pelos.