Despreocúpate... no escuches nada.
Deja que los murmullos, se pierdan en la tarde.
Aquí detrás de esta pared, callada
se funde en mí, la urgencia de tu talle.
Regálame, en tu mirada clara
ese horizonte, de quietud constante,
y déjame entrever, cual si mirara
en tu rostro mismo, la esencia del amante.
Olvídate... no pienses nada.
El mundo golpeará, tal vez los ventanales
aquí detrás, de esta pared, cansada
reposa en mí, la urgencia de tu sangre.
Quédate así, radiante, enamorada
que celoso el mundo, se marche por la calle.
Que habremos de dejar, por siempre desterradas
perdidas en la alta siesta...nuestras soledades.
Deja que los murmullos, se pierdan en la tarde.
Aquí detrás de esta pared, callada
se funde en mí, la urgencia de tu talle.
Regálame, en tu mirada clara
ese horizonte, de quietud constante,
y déjame entrever, cual si mirara
en tu rostro mismo, la esencia del amante.
Olvídate... no pienses nada.
El mundo golpeará, tal vez los ventanales
aquí detrás, de esta pared, cansada
reposa en mí, la urgencia de tu sangre.
Quédate así, radiante, enamorada
que celoso el mundo, se marche por la calle.
Que habremos de dejar, por siempre desterradas
perdidas en la alta siesta...nuestras soledades.
Marino Fabianesi
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