Black Ryder
Poeta recién llegado
Entre Dos Tierras
Caía la noche y con ella una agonía sin remedio
sentir tú último aliento, mi único anhelo
esa lúgubre sonrisa, enloquecía mi alma
tan tierna y maquiavélica capaz de acaparar las miradas.
Y en tus ojos, las penumbras se posaron
donde una moribunda luna, tus pupilas anidaron
y en su espejo dolor, amor, tragedias reflejaron
un adiós, un te amo de tus labios exaltaron.
Sentí por última vez, el cáliz de tus labios
mi lengua tocando el interior, de un templo sellado
recorriendo con ansias, los senderos reclamados
sintiéndome indomable, en un santuario sagrado.
Cantos gregorianos, entre los vientos se entonaron
hipnotizando mis sentidos, ensordeciendo mis oídos
frente a mi, mi dama ante un altar proclamado
de donde un lago rojo, sutiles rosas rojas te veneraron.
De las cuales, se cuanto las amas
y entre todas una rosa negra marchita ansiabas
sus espinas frágilmente, en tus manos se impregnaban
del fulgor de tu cálida sangre, poco a poco se saciaban.
Entre dos tierras estás y casi nos respiras
el amanecer y las sombras, fatídico destino
y tú apretando mi mano, tú último latido
tú último suspiro, llévame contigo.
Caía la noche y con ella una agonía sin remedio
sentir tú último aliento, mi único anhelo
esa lúgubre sonrisa, enloquecía mi alma
tan tierna y maquiavélica capaz de acaparar las miradas.
Y en tus ojos, las penumbras se posaron
donde una moribunda luna, tus pupilas anidaron
y en su espejo dolor, amor, tragedias reflejaron
un adiós, un te amo de tus labios exaltaron.
Sentí por última vez, el cáliz de tus labios
mi lengua tocando el interior, de un templo sellado
recorriendo con ansias, los senderos reclamados
sintiéndome indomable, en un santuario sagrado.
Cantos gregorianos, entre los vientos se entonaron
hipnotizando mis sentidos, ensordeciendo mis oídos
frente a mi, mi dama ante un altar proclamado
de donde un lago rojo, sutiles rosas rojas te veneraron.
De las cuales, se cuanto las amas
y entre todas una rosa negra marchita ansiabas
sus espinas frágilmente, en tus manos se impregnaban
del fulgor de tu cálida sangre, poco a poco se saciaban.
Entre dos tierras estás y casi nos respiras
el amanecer y las sombras, fatídico destino
y tú apretando mi mano, tú último latido
tú último suspiro, llévame contigo.