Ricardo Giraldo Martínez
Poeta recién llegado
Entre el amo y la libertad
Permítame usted decidir,
amo de las negras cavernas,
sé que levantar mi mano débil
para abrazar la libertad es una
grave afrenta al horrendo precepto
que ha establecido, sin embargo,
por la gracia oculta suplico que tenga
piedad de este insurrecto, para
viajar liviano a través del tiempo
sin que manche mi corazón con
horribles ofensas y terribles
pensamientos en contra de sus
reencarnados lacayos.
A veces el nihilismo se apodera
de mí, y el odio a toda manifestación
de poder subyugante me tortura, será
porque yo mismo no coordino los
sueños de libertad entre mi propia
esclavitud y la de mis hermanos.
He aquí una muestra:
Inspirando profundamente el aire y
en él la dulzura, miraba yo el sol en
su resplandor de medio día,
en estado meditativo sentí la mano de un
mendigo que tocando mi brazo llamó
la atención. Su mano estirada vinculó
un pedido que de inmediato entendí,
sin embargo yo, molesto por la impertinencia,
con rostro adusto y voz grave le musité un rotundo no.
Purificando entonces mi esfera en la luz
hermosa del cenit solar, pronto encontré
la mancha de la que me quiero liberar, y
aún así, señor de la perversidad, su extensión
toca mi contradictorio deseo, absorbiendo en
instantes de descuido mi propia voluntad.
Permítame usted decidir,
amo de las negras cavernas,
sé que levantar mi mano débil
para abrazar la libertad es una
grave afrenta al horrendo precepto
que ha establecido, sin embargo,
por la gracia oculta suplico que tenga
piedad de este insurrecto, para
viajar liviano a través del tiempo
sin que manche mi corazón con
horribles ofensas y terribles
pensamientos en contra de sus
reencarnados lacayos.
A veces el nihilismo se apodera
de mí, y el odio a toda manifestación
de poder subyugante me tortura, será
porque yo mismo no coordino los
sueños de libertad entre mi propia
esclavitud y la de mis hermanos.
He aquí una muestra:
Inspirando profundamente el aire y
en él la dulzura, miraba yo el sol en
su resplandor de medio día,
en estado meditativo sentí la mano de un
mendigo que tocando mi brazo llamó
la atención. Su mano estirada vinculó
un pedido que de inmediato entendí,
sin embargo yo, molesto por la impertinencia,
con rostro adusto y voz grave le musité un rotundo no.
Purificando entonces mi esfera en la luz
hermosa del cenit solar, pronto encontré
la mancha de la que me quiero liberar, y
aún así, señor de la perversidad, su extensión
toca mi contradictorio deseo, absorbiendo en
instantes de descuido mi propia voluntad.
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