Solaribus
Poeta veterano en el portal
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Tus manos pintaron un sueño
con óleos a medio perfumar de adolescencia.
Tu piel fue una cuerda que vibró con mi aliento imaginario
que tapizado de tormenta
te oxigenó con la ternura de un cielo tardíamente prometido.
Un capullo de rosa floreció
entre el rocío de los besos que faltaron desde siempre
y fuiste un desmayado tallo alternado de silencio y caricia,
martirio y compasión.
Un femenino destello de desierto y estrella
que aventuró el llanto como si fuese un riego.
Tañida de luciérnagas,
la tarde dio a luz una música de luna
que alumbró la soledad de los roces,
-un campanario de soles nocturnos-
un maridaje de claroscuro y flores blancas.
Y es que perdido y sin cordura,
el amor es saliva que se inyecta,
encuentro de aguas,
delirio de azucenas que se embriagan.
Espíritu voraz de lava subterránea que contempla las alturas,
pupila que se clava en un gemido.
¿Qué tanto pudieras estallar entre mis manos,
si acaso acercaran el océano de mis labios a tu vientre
para subirlo por tus pies hasta tu alma?
¿Qué tanto?
Cierras las ventanas...
Y en ese instante breve e infinito me reinventas.
Ahueco mis brazos en tu espalda para beber tu cuerpo
y en un diálogo apenas audible regresarte la humedad
como una lluvia que sacia en la distancia
a la tierra que ofreció sus manantiales.
Como si fuese un desvelo de jazmines,
un recuerdo de otra vida o unas lágrimas lejanas,
quizás todo mi amor no consista sino en una nostalgia,
un ruego de mi alma por volver a ser tu sangre,
la chispa de tu ser que nunca muera.
Quizás estoy aquí y he sido tuyo
y soy del viento y las mareas,
de la tarde y de tus ojos,
o quizás tan sólo de tus ojos.