Beckman
Poeta recién llegado
Entre verdad y mentira
Estaba oscuro, hacía frío. La atmósfera era engañosa… aquellas fueron las últimas palabras que brotaron de los labios marchitos de Beck, mientras me observaba con una intensidad amarga, casi desesperada. En sus ojos podía leerse el transcurso entero de una vida: como si, de pronto, los telones del gran teatro se hubieran levantado para revelarnos el secreto querido y detestable que él había custodiado con obstinada fidelidad detrás de sus cicatrices.
¿Qué respuesta habría podido ofrecer a aquella visión compartida?
¿Qué gesto mínimo habría bastado para aliviar su tormento?
¿Acompañarlo quizá hasta el último aliento antes de su partida? ¿Y después qué?
No pensé. Turbé mi alma, ensombrecí mi espíritu frente a aquella promesa nacida el primer día, cuando nos encontramos al final de un sendero estrecho. Nos juramos amarnos para siempre, como las estrellas que se buscan sin descanso, ignorando la distancia que las separa. Maldita sea… era mi amigo. Y yo no hice más que contemplarlo mientras se extinguía, como se observa una vela consumirse, hundiéndose en la nada, sin que de mí brotara un grito profundo, un estallido de pasión.
Ahora todo ha terminado. Ya no está. Los recuerdos que quedan no serán sino melodías suaves que la brisa nocturna traerá cuando llegue a la orilla de ese largo río donde tantas historias navegaron, aferradas a nuestros viejos remos. Él cerró sus manos sobre las mías.
Sobre nuestras cabezas, el cielo inmenso se adornaba con estrellas hermosas, historias fulgurantes llenas de victorias. Tomé mi pipa y, contemplando aquel firmamento, la encendí. Minuto tras minuto, un recuerdo intensamente iluminado regresó a mí: «Una noche muy oscura, muy fría; una noche prisionera de un espacio engañoso». Ahora lo recuerdo: estábamos los dos en aquel jardín. Él, sentado sobre la rama de un viejo roble; yo, agachado a su lado. A lo lejos, distinguíamos una luz. Pero nuestras fuerzas estaban agotadas. Al menor movimiento, el enemigo habría hecho estallar nuestros cuerpos, como quien aplasta un insecto extraviado. Estábamos paralizados por el miedo, como dos ratas atrapadas en una trampa.
Él murmuraba sin cesar: «Es el final, nunca saldremos de aquí». Yo, en cambio, concentraba toda mi energía en mis manos, cerrándolas con fuerza mientras decía: «Pase lo que pase, recuerda que los guerreros valientes jamás abandonan sus armas, ¡y tú eres uno de ellos!».
Cerró la boca, respiró profundamente y se lanzó a la oscuridad gritando: «¡Aquí tenéis vuestra luz, pobres seres cegados por el materialismo que esta sociedad podrida hasta los huesos os ha impuesto! Si alguno de vosotros logra verme tal como soy, que no tema acercarse a mi lado, porque esta disputa no es más que una nueva muerte antes del alba. Mañana, todos retomaremos el vuelo bajo la apariencia de un águila. Entonces contemplaréis por primera vez la verdadera sabiduría. No penséis; el pensamiento es el signo del miedo. Venid pronto, o desgarrad sin piedad esta vieja envoltura deforme que el universo nos ha dado como cuerpo y como instrumento mensajero».
Segundo tras segundo, lo destrozaron a su antojo, como jabalíes salvajes abalanzándose sobre lo primero que se mueve, poseídos por un hambre devorador. Se detuvieron antes de que no quedara nada, nada más que un cuerpo, medio mutilado, incapaz de ofrecer una última sonrisa a los árboles que lo habían visto crecer, lleno de sentido y rebosante de alegría.
Me quedé allí, agachado, todo el tiempo que pude, sin fuerzas, tiritando y temblando. Tenía los ojos completamente blancos, llenos de ira, como un cadáver perdido en la niebla, en el corazón mismo de las tinieblas, hasta que la alondra cantó por primera vez. Depronto, el calor volvió a abrirse paso en mi cuerpo, y el miedo se disipó. El jardín recuperó sus colores. Entonces me acerqué a él… Ahora todo era claro: aquel águila de vuelo majestuoso, que se dejaba ver allá arriba, era él.
¿Qué es un amigo? Me dirijo a quienes riegan el mundo con versos hermosos mientras, en la realidad, no son más que vampiros que beben las almas ajenas para aliviar el dolor que les causa su propia ignorancia. Sin embargo, él sí lo era, uno verdadero… Me encuentro al final de un camino que había abandonado hace ya mucho tiempo: el de encontrar a mi padre.
Pero, cegado por esa ignorancia, no me di cuenta de que él había estado allí desde siempre, y para siempre. Mi padre era él, era Beck.
A veces, una sola mirada llega más lejos que todos esos diálogos que zumban alrededor de nuestras orejas durante las horas de ocio, frente al escenario de un bello teatro, ante la vasta pantalla de un cine, o simplemente frente a esos seres a quienes juramos un amor tan desbordado que cuesta creerlo… ¿y por qué? Porque no vale nada. Yo no soy un espectador, ¡soy un comediante!
Estaba oscuro, hacía frío. La atmósfera era engañosa… aquellas fueron las últimas palabras que brotaron de los labios marchitos de Beck, mientras me observaba con una intensidad amarga, casi desesperada. En sus ojos podía leerse el transcurso entero de una vida: como si, de pronto, los telones del gran teatro se hubieran levantado para revelarnos el secreto querido y detestable que él había custodiado con obstinada fidelidad detrás de sus cicatrices.
¿Qué respuesta habría podido ofrecer a aquella visión compartida?
¿Qué gesto mínimo habría bastado para aliviar su tormento?
¿Acompañarlo quizá hasta el último aliento antes de su partida? ¿Y después qué?
No pensé. Turbé mi alma, ensombrecí mi espíritu frente a aquella promesa nacida el primer día, cuando nos encontramos al final de un sendero estrecho. Nos juramos amarnos para siempre, como las estrellas que se buscan sin descanso, ignorando la distancia que las separa. Maldita sea… era mi amigo. Y yo no hice más que contemplarlo mientras se extinguía, como se observa una vela consumirse, hundiéndose en la nada, sin que de mí brotara un grito profundo, un estallido de pasión.
Ahora todo ha terminado. Ya no está. Los recuerdos que quedan no serán sino melodías suaves que la brisa nocturna traerá cuando llegue a la orilla de ese largo río donde tantas historias navegaron, aferradas a nuestros viejos remos. Él cerró sus manos sobre las mías.
Sobre nuestras cabezas, el cielo inmenso se adornaba con estrellas hermosas, historias fulgurantes llenas de victorias. Tomé mi pipa y, contemplando aquel firmamento, la encendí. Minuto tras minuto, un recuerdo intensamente iluminado regresó a mí: «Una noche muy oscura, muy fría; una noche prisionera de un espacio engañoso». Ahora lo recuerdo: estábamos los dos en aquel jardín. Él, sentado sobre la rama de un viejo roble; yo, agachado a su lado. A lo lejos, distinguíamos una luz. Pero nuestras fuerzas estaban agotadas. Al menor movimiento, el enemigo habría hecho estallar nuestros cuerpos, como quien aplasta un insecto extraviado. Estábamos paralizados por el miedo, como dos ratas atrapadas en una trampa.
Él murmuraba sin cesar: «Es el final, nunca saldremos de aquí». Yo, en cambio, concentraba toda mi energía en mis manos, cerrándolas con fuerza mientras decía: «Pase lo que pase, recuerda que los guerreros valientes jamás abandonan sus armas, ¡y tú eres uno de ellos!».
Cerró la boca, respiró profundamente y se lanzó a la oscuridad gritando: «¡Aquí tenéis vuestra luz, pobres seres cegados por el materialismo que esta sociedad podrida hasta los huesos os ha impuesto! Si alguno de vosotros logra verme tal como soy, que no tema acercarse a mi lado, porque esta disputa no es más que una nueva muerte antes del alba. Mañana, todos retomaremos el vuelo bajo la apariencia de un águila. Entonces contemplaréis por primera vez la verdadera sabiduría. No penséis; el pensamiento es el signo del miedo. Venid pronto, o desgarrad sin piedad esta vieja envoltura deforme que el universo nos ha dado como cuerpo y como instrumento mensajero».
Segundo tras segundo, lo destrozaron a su antojo, como jabalíes salvajes abalanzándose sobre lo primero que se mueve, poseídos por un hambre devorador. Se detuvieron antes de que no quedara nada, nada más que un cuerpo, medio mutilado, incapaz de ofrecer una última sonrisa a los árboles que lo habían visto crecer, lleno de sentido y rebosante de alegría.
Me quedé allí, agachado, todo el tiempo que pude, sin fuerzas, tiritando y temblando. Tenía los ojos completamente blancos, llenos de ira, como un cadáver perdido en la niebla, en el corazón mismo de las tinieblas, hasta que la alondra cantó por primera vez. Depronto, el calor volvió a abrirse paso en mi cuerpo, y el miedo se disipó. El jardín recuperó sus colores. Entonces me acerqué a él… Ahora todo era claro: aquel águila de vuelo majestuoso, que se dejaba ver allá arriba, era él.
¿Qué es un amigo? Me dirijo a quienes riegan el mundo con versos hermosos mientras, en la realidad, no son más que vampiros que beben las almas ajenas para aliviar el dolor que les causa su propia ignorancia. Sin embargo, él sí lo era, uno verdadero… Me encuentro al final de un camino que había abandonado hace ya mucho tiempo: el de encontrar a mi padre.
Pero, cegado por esa ignorancia, no me di cuenta de que él había estado allí desde siempre, y para siempre. Mi padre era él, era Beck.
A veces, una sola mirada llega más lejos que todos esos diálogos que zumban alrededor de nuestras orejas durante las horas de ocio, frente al escenario de un bello teatro, ante la vasta pantalla de un cine, o simplemente frente a esos seres a quienes juramos un amor tan desbordado que cuesta creerlo… ¿y por qué? Porque no vale nada. Yo no soy un espectador, ¡soy un comediante!