Envidia - Capitulo I (en redacción)

elbosco

Poeta fiel al portal
Acaso solo los años puedan traer la experiencia y sensatez capaces de dotarnos de un criterio amplio e imparcial como para juzgar correctamente a las personas y las situaciones. Es normal que juzguemos a los demás de acuerdo a lo que nosotros mismos seríamos capaces o no de hacer, de forma que muchas veces adjudicamos malas intenciones donde no las hay, debido a que nosotros mismos actuaríamos malamente en la misma situación. En esos casos, al juzgar al otro, nos estamos en realidad juzgando a nosotros mismos.
Estas reflexiones caben en el caso de Mario y Juan Carlos. Mario era guitarrista, un músico con más talento para la interpretación que para la composición, y menos como solista que como acompañante. En cierto nivel él era consciente de sus limitaciones artísticas y técnicas, pero reconocerlo significaba condenarse a la mediocridad, algo incompatible con sus grandes aspiraciones.
A Mario le gustaba lucirse. Se complacía gratamente en los cumplidos y alabanzas de su entorno inmediato y de la gente en general. Tenía una actitud mansa y contemplativa, como la del que le gusta más escuchar que hablar, y si bien no se equivocaba del todo quien así lo juzgaba, también era cierto que en Mario, nada escapaba a la pose y la premeditación.
Juan Carlos por otro lado, también era guitarrista. Dotado para la composición y sensible para interpretar. Consideraba a Mario uno de sus mejores amigos y le tenía una sincera estima. En parte compraba ese papel de maestro sabio que Mario gustaba de representar, aunque llegado el momento de discutir o hacer valer sus ideas sobre temas musicales o de composición no dudaba en aseverar sus convicciones con genuina seguridad. Esto incomodaba a Mario por varios motivos. El primero era porque en esos momentos Juan Carlos hacía caso omiso a sus augustas pretensiones de maestro, segundo porque al momento de discutir no podía esgrimir argumentos convincentes o que pudiesen competir con los de Juan Carlos, por lo cual callaba, y finalmente, porque se daba perfecta cuenta de que en el fondo, Juan Carlos siempre tenía razón.
La amistad se perpetuó atravesando la juventud de ambos, y ahora, ya cerca de los cuarenta, se perfilaban como esas amistades que prevalecen en el tiempo y hasta el final de la vida.
A pesar de la pasión profesional compartida y a pesar de haber encarado muchos proyectos compartidos, su amistad no pasaba por la música sino por los momentos simples y cotidianos.
Mario estaba soltero y mantenía alguna relación eventual. Juan en cambio, había formado una familia, y tenía un hijo, del que Mario se auto proclamaba tío.
Los éxitos de Juan Carlos alegraban a Mario, pero también hacían que lo envidie. Sí, lo envidiaba con lo que suele llamarse una sana envidia, que es aquella que añora lo que el otro tiene pero que a la vez se goza por el otro. Mario secretamente añoraba cada uno de los logros de su amigo: su pareja, su familia, su estabilidad laboral, su bienestar material, su talento artístico y éxito profesional, ámbitos que para Mario eran temas continuamente postergados. Y por sobre todo eso, Mario veía que su amigo era feliz, acompañado por una mujer maravillosa como era Julia, que lo amaba incondicionalmente, y con un hijo tan especial y sensible como era Luisito.
Ser cinco años más joven que Juan Carlos era en cierta forma un aliciente, ya que le quedaba mucho camino por recorrer, pero incluso a su edad Mario estaba mucho más encaminado y afianzado que él. Y hoy por hoy él no había alcanzado ninguna de esas metas, ¡cómo entonces no envidiarlo! Juan Carlos era un referente, era un espejo en donde Mario veía reflejado no solo lo que deseaba ser sino también aquello que le faltaba para serlo.
Así, cegado por la vanidad, esa incipiente envidia crecía día a día al punto de que empezaba a molestarlo. Cada vez le costaba más alegrarse con los logros de su amigo, y muy tempranamente intuyó que ese sentimiento estaba destinada a convertirse en algo más profundo, en algo incompatible con la amistad.

Continuará....



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Fernando M. Sassone
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