Solaribus
Poeta veterano en el portal
(A doña Éowyn Elizabeth Mc Loughlin Das Neves)
La madre
de la madre
de mi madre
fue una niña de cabellos
ensortijados
y rojizos,
cayéndole en racimo
sobre unos hombros níveos
que imaginaba
que le cantaba a los dragones
y que volaba montada en ellos
las noches frescas
las noches frescas
de verano allá en Dublino.
Una niña que soñaba con castillos...
Que jugaba a que era Reina
tejiendo ccoronas de flores silvestres
mezcladas con hojas
de hiedra verde
y mostacillos.
Que amaba el viento
tanto como correr
desnudos los pies
sobre la hierba de la antigua finca
de pastores.
Que en todos lados veia duendecillos...
Su destino fue
ser bella
desde el alma hasta las manos
y amar la vida
a pesar de las tragedias
lacerantes
que encontró en su camino.
Un viajante de soles,
taciturno y conmovido
por su infancia eterna,
como de siglos,
la enamoró con canciones lusitanas
de olivar,
de lanares
y de vino.
Desoyendo, entonces
la voz terrible de su padre
construyó su hogar
en la nueva patria
de su amor aventurero,
fuerte,
delicado
y tibio...
Con su extraño acento
de tierras bajas,
tan lejanas,
lo endulzaba todo
en aquella antigua
comarca portuguesa,
iluminándolo todo
como en las noches de fiesta
iluminan los cirios.
Conversaba con las hadas
porque eran de su estirpe
y dicen que hasta hablaba
la lengua de los salvajes equinos.
Dicen que su mirada evidenciaba
la existencia de lo sagrado,
del color de lo divino.
Mágica y dulce...
Extraordinariamente fuerte
y bella
era la madre
de la madre
de mi madre...
Llevar su sangre
alimentado mis tejidos
es un regalo de cielo,
un suspirar de dragones en las ansias
y en los labios un murmullo de castillos.
Un perfume de hadas en el alma
y un ejército de sueños infinitos.
Porque gracias a su infancia alada
y a su inocencia de siglos,
a pesar de ser un hombre,
he aprendido para siempre,
entre sus brazos,
a ser un niño....
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