musador
esperando...
Yo creí que te quería
pero en verdad me das asco
nuestro amor ha sido un fiasco
y, si te cruzo, el saludo
será quizás al que pudo
engañarme con el frasco.
La dulzura compartida
fue dátil de un espejismo,
hoy la recuerdo y me abismo
en mi terrible sorpresa
al hallar que no eres fresa
ni postre, solo tú mismo.
Que fui ingenua, me dirás,
y es así sin duda alguna,
he guardado por fortuna
mi inocencia virginal
aguardando al principal
que me regale la luna.
Las cosas que me contaste
en confesiones de amigo
las ordeno en el castigo
que quiero darle a tu orgullo,
más serán que tu murmullo
si me llaman de testigo.
Haberte dado lamento
alguna gota de llanto
que se vuelve hoy en espanto
al mirarme en el espejo:
¡maldigo aquí ese reflejo
que pudo empañar mi encanto!
Para el final, lo difícil:
¿qué decir de las cosquillas
que le diste a mis costillas
al solazarte en mi sexo?
Mejor lo dejo de anexo
por no ensuciar las cuartillas.
Aburrido cuando sobrio,
tarado cuando borracho,
en la cama pobre macho,
pata de palo en el baile:
para colmo, medio fraile
en tu moral, mamarracho.
Despido con esta epístola
a ese fruto de un recuerdo
que es amargo cuando muerdo
el corazón que me diste:
claro está que loco fuiste
al creerte que eras cuerdo.
Nota. La forma de este poema es de una secuencia de sextillas hernandianas, denominación acuñada por Emilio Carilla en su artículo sobre la métrica del Martín Fierro, obra de José Hernández:
http://www.google.com.ar/url?sa=t&r...=JCKf4omhT8N03vKUOpYKPg&bvm=bv.63587204,d.cWc
pero en verdad me das asco
nuestro amor ha sido un fiasco
y, si te cruzo, el saludo
será quizás al que pudo
engañarme con el frasco.
La dulzura compartida
fue dátil de un espejismo,
hoy la recuerdo y me abismo
en mi terrible sorpresa
al hallar que no eres fresa
ni postre, solo tú mismo.
Que fui ingenua, me dirás,
y es así sin duda alguna,
he guardado por fortuna
mi inocencia virginal
aguardando al principal
que me regale la luna.
Las cosas que me contaste
en confesiones de amigo
las ordeno en el castigo
que quiero darle a tu orgullo,
más serán que tu murmullo
si me llaman de testigo.
Haberte dado lamento
alguna gota de llanto
que se vuelve hoy en espanto
al mirarme en el espejo:
¡maldigo aquí ese reflejo
que pudo empañar mi encanto!
Para el final, lo difícil:
¿qué decir de las cosquillas
que le diste a mis costillas
al solazarte en mi sexo?
Mejor lo dejo de anexo
por no ensuciar las cuartillas.
Aburrido cuando sobrio,
tarado cuando borracho,
en la cama pobre macho,
pata de palo en el baile:
para colmo, medio fraile
en tu moral, mamarracho.
Despido con esta epístola
a ese fruto de un recuerdo
que es amargo cuando muerdo
el corazón que me diste:
claro está que loco fuiste
al creerte que eras cuerdo.
Nota. La forma de este poema es de una secuencia de sextillas hernandianas, denominación acuñada por Emilio Carilla en su artículo sobre la métrica del Martín Fierro, obra de José Hernández:
http://www.google.com.ar/url?sa=t&r...=JCKf4omhT8N03vKUOpYKPg&bvm=bv.63587204,d.cWc
Última edición: